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La Deuda Secreta de Derek Puso a Clara Entre Dos Bandos Criminales-thuyhien

La salida que Derek había imaginado para librarse de quienes le cobraban no consistía en pagarles, sino en lograr que dos bandos peligrosos se enfrentaran mientras él desaparecía.

Leo Moretti se lo explicó a Clara sin levantar la voz, pero cada palabra hizo que la camioneta pareciera más pequeña.

Derek había pasado semanas prometiendo cosas distintas a personas distintas.

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A los Moretti les aseguró que Clara sabía dónde había escondido el dinero con el que pretendía cubrir parte de sus deudas.

A los Petrov, en cambio, les dijo que Clara ya había entregado esa información a Leo y que, mientras ella siguiera viva, podría identificar a quienes estaban involucrados.

Una mentira la convertía en una llave.

La otra, en un blanco.

Clara miró a Leo desde el asiento opuesto y dejó de abrazarse el vientre sólo para apretar las manos sobre sus rodillas.

—Entonces usted no entró al restaurante porque quisiera salvarme.

Leo sostuvo su mirada.

No respondió de inmediato.

Eso bastó.

—Entró porque creyó que yo sabía dónde estaba su dinero —dijo Clara.

—Al principio, sí.

La respuesta le dolió más que una mentira elegante.

—¿Y después?

—Después vi tu cara cuando dije el nombre de Derek.

Leo dejó el vaso a un lado.

—He visto a mucha gente fingir sorpresa, Clara; tú no estabas fingiendo.

Ella volvió la cara hacia la ventana.

Las luces húmedas de la carretera se estiraban sobre el vidrio como manchas largas y borrosas.

—Aun así me obligó a subir.

—Porque los hombres que iban hacia el restaurante no iban a detenerse a preguntarte qué sabías.

—Eso no le daba derecho a decidir por mí.

Leo recibió la frase sin discutirla.

—No.

Clara volteó de nuevo.

No esperaba esa respuesta.

Él tampoco intentó suavizarla.

—Te saqué de ahí porque quedaban minutos —continuó—, pero tienes razón en algo: después de eso debí decirte toda la verdad.

—¿Toda?

Leo apoyó los antebrazos en las piernas.

—Derek no sólo quería ganar tiempo; quería que Petrov creyera que yo te había tomado para recuperar mi dinero, y quería que yo creyera que Petrov intentaba matarte para quedarse con él.

Clara sintió un movimiento del bebé y puso la palma sobre su vientre.

Hasta esa noche, el abandono de Derek le había parecido la cobardía de un hombre que no podía enfrentar deudas, responsabilidades ni un hijo en camino.

Ahora entendía algo peor.

Él no había huido dejando problemas atrás.

Había acomodado los problemas alrededor de ella antes de irse.

Cuando llegaron a la propiedad de Leo, Clara no vio la mansión romántica que quizá otra persona habría imaginado al escuchar la palabra fortuna.

Vio muros, puertas gruesas, hombres atentos y demasiadas entradas que alguien más controlaba.

Leo bajó primero.

Luego abrió la puerta de Clara.

Ella no tomó su mano.

Bajó sola.

—Necesito un teléfono —dijo.

Leo frunció el ceño.

—¿Para qué?

—Para llamar a mi gerente y decirle que estoy viva.

—Mis hombres pueden hacerlo.

Clara soltó una risa breve, sin humor.

—No aprendió nada en los últimos diez minutos, ¿verdad?

Leo se quedó inmóvil.

Después sacó su propio teléfono, lo desbloqueó y se lo entregó.

—Hazlo tú.

Fue una decisión pequeña.

Para Clara no lo fue.

Brenda contestó al segundo timbrazo, hablando tan rápido que apenas respiraba.

Clara sólo le dijo que estaba a salvo, que no volviera a abrir el restaurante esa noche y que no respondiera preguntas sobre ella.

No mencionó dónde estaba.

Cuando terminó, Leo extendió la mano para recuperar el aparato.

Antes de entregárselo, el teléfono vibró.

Número privado.

Clara y Leo miraron la pantalla al mismo tiempo.

Algo en el rostro de él cambió.

—No contestes.

Clara levantó la vista.

—¿Es Derek?

—Puede ser.

—Entonces voy a contestar.

—Clara.

—Mi vida se convirtió en una guerra por cosas que todos creen que yo sé; esta vez quiero escuchar al hombre que empezó todo.

Leo pudo haberle quitado el teléfono.

No lo hizo.

Clara aceptó la llamada y se llevó el aparato al oído.

—¿Bueno?

Durante dos segundos sólo oyó respiración.

Luego llegó una voz que conocía demasiado bien.

—Clara.

Las piernas le temblaron.

Derek.

El mismo hombre que tres meses antes le había besado la frente antes de salir supuestamente por cigarros.

El mismo hombre cuyo lado del clóset se había quedado vacío.

El mismo hombre al que ella había defendido durante semanas cada vez que Brenda insinuaba que quizá no volvería.

—¿Dónde estás? —preguntó Derek.

Clara cerró los ojos.

—Eso es lo primero que quieres saber.

—Escúchame, necesito que hagas exactamente lo que te diga.

Ahí estaba.

La voz familiar.

La misma manera de convertir una orden en algo que parecía preocupación.

—No.

Derek se quedó callado.

Clara casi pudo imaginar su expresión.

—¿Qué dijiste?

—Dije que no.

Corto.

Claro.

—Clara, no entiendes en qué estás metida.

—Estoy embarazada de seis meses, acabo de salir de un restaurante donde esperaban hombres armados y estoy hablando con el sujeto que les dijo mentiras sobre mí; entiendo suficiente.

Leo estaba a unos pasos, pero no intervino.

Derek respiró con fuerza.

—¿Moretti está contigo?

—Eso tampoco te lo voy a responder.

—Entonces escucha: dile que tú no sabes nada del dinero.

Clara miró a Leo.

—Ya lo sabe.

Silencio.

Fue la primera vez que sintió que Derek había perdido el ritmo de su propio juego.

—¿Qué le dijiste?

—La verdad; que nunca supe de tus apuestas, ni de los Petrov, ni de ochocientos mil dólares, ni de ninguna supuesta ubicación.

La voz de Derek bajó.

—Maldita sea.

Clara sintió que algo dentro de ella se acomodaba.

No alivio.

Dirección.

—Quiero que me digas por qué me usaste.

—No te usé.

—No vuelvas a hacer eso.

—Clara…

—No me expliques lo que hiciste como si yo no hubiera estado ahí para recibir las consecuencias.

Leo desvió la mirada por primera vez.

Derek guardó silencio unos segundos.

Luego soltó la frase que terminó de romper lo que quedaba entre ellos.

—Necesitaba tiempo.

Clara no respondió.

—Los Moretti iban a encontrarme —continuó Derek—, y los Petrov también; si los dos creían que tú tenías algo que querían, iban a concentrarse en ti y entre ellos, no en mí.

Clara apoyó una mano en la pared.

—Sabías que podían matarme.

—Yo creí que Moretti llegaría primero.

Leo levantó la cabeza.

Clara sintió frío en los brazos.

—¿Por qué?

Derek tardó demasiado en responder.

—Porque le mandé la información.

Leo dio un paso hacia ella.

Clara levantó la palma para detenerlo.

Esta vez él obedeció.

—¿Tú le dijiste que iban por mí?

—Tenía que lograr que te sacara antes de que Petrov llegara.

—Entonces todo estaba calculado.

—No todo.

—Lo suficiente.

Derek volvió a hablar con urgencia.

—Clara, si estás con Leo, dile que puedo arreglar esto; todavía puedo decirle dónde está parte del dinero.

Leo extendió la mano.

Clara dudó y luego activó el altavoz, pero mantuvo el teléfono en su propia mano.

—Te escucho —dijo Leo.

Derek dejó escapar una maldición.

—Moretti.

—Dime dónde está mi dinero.

—Primero quiero garantías.

—No estás en posición de pedirlas.

—Sí lo estoy porque los Petrov también quieren lo que sé.

Clara miró a Leo y comprendió de golpe que los dos hombres estaban a punto de volver a convertirla en una pieza sobre una mesa.

No lo permitió.

—Basta.

Ambos callaron.

—Derek, vas a decir la verdad completa; Leo, usted no va a negociar mi vida como parte del precio.

Derek soltó una risa nerviosa.

—Clara, no sabes cómo funciona esto.

—Tú sí sabías cómo funcionaba y aun así pusiste a tu hijo en medio.

La frase cayó más pesada de lo que ella esperaba.

Derek no respondió.

Clara continuó.

—Si quieres salvarte, empieza diciendo qué les dijiste exactamente a los Petrov sobre mí.

La respuesta llegó fragmentada.

Derek les había asegurado que Clara conocía la ubicación del dinero y que, si Leo llegaba a ella primero, podría entregársela.

Después, al darse cuenta de que los Petrov desconfiaban, cambió la historia y afirmó que Clara ya había compartido los datos con gente de Moretti.

Eso había convertido una posible captura en una orden mucho más peligrosa.

Leo apretó la mandíbula.

—¿Y a mí?

Derek tragó saliva al otro lado de la llamada.

—Te dije que ella era la única que conocía el lugar.

Clara cerró los ojos un instante.

Ahí estaba la explicación de todo.

Leo no había aparecido por destino.

Los Petrov no la buscaban por algo que hubiera hecho.

Derek había construido dos versiones incompatibles de la misma mujer y las había enviado en direcciones opuestas.

Ella era inocente precisamente porque nunca había tenido la información.

Y demostrarlo exigía que Derek admitiera que había inventado ambas historias.

Leo tomó su propio teléfono del bolsillo interior, pero no intentó quitarle a Clara el que sostenía.

—Voy a llamar a Petrov.

Clara lo miró.

—¿Para qué?

—Para que escuche a Derek decir lo mismo.

—¿Y luego?

Leo tardó un segundo.

—Luego termino esto.

Clara negó con la cabeza.

—No; luego me dice qué piensa ofrecer.

La mirada de Leo se endureció.

No contra ella.

Contra la pregunta.

—Me debe ochocientos mil dólares.

—Ya lo sé.

—Si renuncio a reclamar ese dinero y Petrov acepta tomar lo que Derek todavía pueda entregar a cambio de borrar tu nombre del asunto, desaparece el motivo para perseguirte.

Derek gritó desde el altavoz.

—¡No puedes regalar mi única salida!

Clara sintió una punzada amarga.

Incluso entonces Derek hablaba de su salida.

Nunca de la de ella.

—¿Usted perdería ochocientos mil dólares? —preguntó Clara.

Leo la miró directamente.

—Perdería la posibilidad de recuperarlos.

—¿Por qué?

Él pudo haber dado una respuesta grandiosa.

No lo hizo.

—Porque ya comprobé que no sabías nada y mantenerte como moneda de cambio después de saberlo me convertiría en parte de la misma mentira.

Clara sostuvo su mirada.

Por primera vez desde que él había entrado al restaurante, no sintió que Leo estuviera ocupando toda la habitación.

Sintió que estaba dejando espacio.

La conversación con Petrov duró menos de lo que Clara esperaba y fue mucho más seca.

No hubo amenazas teatrales.

Hubo condiciones.

Derek tuvo que repetir su historia desde el principio y admitir que Clara jamás había tenido el dinero, una dirección ni instrucciones.

Tuvo que reconocer que había usado su nombre para provocar una persecución cruzada.

Petrov exigió que Derek entregara lo que aún conservaba.

Leo declaró que no competiría por esa cantidad si Clara quedaba fuera de cualquier represalia.

La respuesta tardó varios segundos.

Finalmente llegó.

Clara dejaba de ser parte del conflicto.

Derek no.

—Clara —dijo él rápidamente antes de que terminara la llamada—, espera; podemos hablar de nosotros.

Ella sintió al bebé moverse otra vez.

Esta vez no lloró.

—No hay un nosotros que puedas arreglar por teléfono.

—Yo iba a volver.

Clara miró el aparato.

—No después de esto.

Y colgó.

No le entregó el teléfono a Leo de inmediato.

Lo sostuvo unos segundos más, como si necesitara comprobar que nadie volvería a hablar desde él sin su permiso.

Luego se lo dio.

—¿Ya terminó?

Leo guardó el aparato.

—Para ti, sí.

—No quiero quedarme aquí.

Él miró hacia la puerta principal.

—Todavía es de noche.

—Dijo que ya terminó.

Leo entendió el desafío.

—Sí.

—Entonces quiero irme a mi departamento.

—Tienes un aviso de desalojo.

Clara se tensó.

—¿También sabe eso?

—Derek sabía mucho de tu vida y mis hombres tuvieron que comprobar quién eras antes de que yo entrara al restaurante.

—Eso sigue siendo inquietante.

—Lo sé.

Otra respuesta sin defensa.

Clara respiró despacio.

—En tres semanas debo conseguir dos mil dólares.

Leo miró hacia uno de sus hombres, pero Clara levantó un dedo antes de que pudiera ordenar nada.

—No quiero una casa; no quiero que pague mis cuentas; no quiero deberle protección eterna por esta noche.

Leo casi sonrió, pero se contuvo.

—Dejé más de dos mil dólares en la mesa del restaurante.

—Dejó cerca de diez mil.

—Por las molestias.

—Sus molestias son caras.

—Las tuyas lo fueron más.

Clara pensó en Brenda, en el vidrio que habría podido convertirse en una lluvia de fragmentos, en sus tobillos hinchados y en el papel pegado a su puerta.

—Voy a aceptar exactamente dos mil.

Leo arqueó una ceja.

—¿Exactamente?

—Exactamente; lo suficiente para detener el desalojo, y lo consideraré compensación por sacarme del trabajo a la fuerza.

—Eso no cubre ni de cerca lo que pasó.

—No estoy vendiendo lo que pasó.

Leo bajó la mirada un momento.

—Está bien.

Clara dio dos pasos hacia la salida.

Él no se movió para bloquearla.

Eso también contó.

—Necesito que alguien me lleve —dijo ella.

Leo tomó su abrigo.

—Puedo hacerlo.

Clara lo observó.

—¿Me está preguntando o informando?

Leo abrió la boca, entendió y corrigió.

—¿Quieres que te lleve?

Clara tardó lo suficiente para que la diferencia quedara clara.

—Sí.

El trayecto de regreso fue silencioso, pero ya no era el silencio de una persona retenida.

Cuando llegaron al edificio de Clara, Leo estacionó y no apagó el motor hasta que ella abrió la puerta por su cuenta.

Subió con ella sólo porque Clara se lo permitió.

El aviso de desalojo seguía pegado en la puerta.

Leo lo miró.

Clara lo arrancó antes de entrar.

—Mañana pago lo que debo.

—Podrías usar más del dinero.

—Mañana pago lo que debo —repitió.

—Entendido.

Dentro del departamento, las cosas de Derek seguían ausentes como desde hacía tres meses, pero por primera vez el espacio vacío no le pareció una pregunta.

Pareció espacio.

Leo se quedó en el pasillo.

No cruzó el umbral.

—Voy a dejar a alguien cerca esta noche, sólo por precaución —dijo.

Clara lo miró.

—¿Cerca o en mi puerta?

—Cerca.

—¿Y mañana?

—Mañana se irá.

Clara asintió.

Leo empezó a alejarse.

—Señor Moretti.

Él volteó.

—Gracias por llegar antes que ellos.

No era perdón.

Los dos lo sabían.

—De nada.

—Y no vuelva a decirme que me voy a casa con usted como si fuera una maleta.

Esta vez sí apareció una sonrisa mínima.

—Tampoco pienso repetirlo.

A la mañana siguiente, Brenda encontró el fajo de billetes todavía en la mesa 4, exactamente donde Leo lo había dejado.

Clara regresó al restaurante más tarde, contó el dinero frente a ella, tomó dos mil dólares y empujó el resto hacia Brenda.

—Esto no es propina —dijo Brenda.

—No.

—¿Y qué hago con lo demás?

Clara miró la cafetera que había dejado caer casi de las manos la noche anterior.

—Guárdalo hasta que venga por él.

Leo mandó a buscar el resto ese mismo día.

No añadió dinero.

No añadió una nota.

No convirtió la ayuda en una deuda nueva.

Derek no volvió.

Clara supo tiempo después que había entregado el dinero que aún conservaba y que había perdido cualquier protección que creyó poder comprar con sus mentiras.

Lo que hizo después ya no dirigió la vida de ella.

Eso fue lo importante.

Las semanas siguientes fueron menos dramáticas y, para Clara, mucho más valiosas.

Pagó el atraso del departamento.

Siguió trabajando turnos más cortos cuando el embarazo se lo permitió.

Brenda dejó de asignarle las mesas más lejanas sin convertir el gesto en un discurso.

Leo no apareció durante casi un mes.

Cuando finalmente volvió al Silver Spoon Diner, entró solo.

La puerta no golpeó la pared.

Nadie bajó las persianas.

Nadie volteó el letrero.

Leo caminó hasta la mesa 4 y se sentó.

Clara, con el vientre ya más grande, lo vio desde el otro lado del comedor.

Tomó una cafetera y se acercó.

—¿Café negro?

—Sí.

Ella llenó la taza.

Leo puso dinero normal junto al plato vacío.

No un fajo.

No una demostración.

Sólo lo que costaba sentarse ahí como cualquier otra persona.

—Clara.

—¿Qué?

Él miró la silla frente a sí.

—¿Puedo pedirte que te sientes cinco minutos cuando termines tu turno?

Clara dejó la cafetera sobre la mesa de servicio.

La noche en que se conocieron, Leo había usado seis palabras para decidir por ella.

Ahora había usado una pregunta.

Clara miró el reloj del comedor, luego su taza, luego a él.

—Cinco minutos.

Leo asintió.

No intentó convertirlos en más.

Al terminar su turno, Clara tomó su abrigo, caminó hasta la mesa 4 y se sentó por decisión propia.

La cafetera quedó entre los dos, ya no temblando en sus manos, y por primera vez aquella mesa no marcaba el lugar donde alguien había venido a reclamarla.

Marcaba el lugar donde ella podía elegir quedarse o levantarse.

Esa noche, se quedó cinco minutos.

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