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La Madre de Dominic Ya Planeaba la Boda Antes de Que Madison Dijera Sí-hamyt

Los pasos se detuvieron al otro lado de la entrada del invernadero, y la señora Rossi apartó por fin la mirada de Madison cuando una figura alta cruzó entre las plantas.

Dominic Rossi entró sin prisa, vestido con pantalón oscuro y una camisa blanca con las mangas dobladas hasta los antebrazos tatuados.

Madison reconoció primero la cicatriz sobre su ceja izquierda.

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Luego aquellos ojos.

Los mismos que había visto cerrados a pocos centímetros de su rostro la mañana en que huyó del penthouse.

Dominic miró las hojas con vestidos de novia sobre la mesa, después a su madre y finalmente a Madison.

—Mamá, sal.

La señora Rossi ni siquiera parpadeó.

—Estamos resolviendo un asunto familiar.

—Ella no es familia.

Madison sintió un alivio absurdo durante medio segundo.

Entonces Dominic agregó:

—Y no va a convertirse en familia porque tú lo hayas decidido.

La señora Rossi tomó su taza de espresso.

—Está embarazada de un Rossi.

—Todavía no sabemos eso.

Madison se levantó de golpe.

—Yo sí sé una cosa. Nadie va a decidir con quién me caso.

Dominic sostuvo su mirada.

—Correcto.

Aquella respuesta la desconcertó más que una amenaza.

Había imaginado muchas versiones de ese encuentro durante el trayecto hasta la mansión: un hombre furioso, un criminal reclamando silencio, alguien dispuesto a comprar su obediencia o a desaparecerla de Boston.

No había imaginado que la primera persona que frenara a la señora Rossi fuera su propio hijo.

—Dominic —dijo su madre—, no seas ingenuo.

—Sal.

Esta vez no levantó la voz.

La mujer mayor dejó la taza sobre el plato, tomó las referencias de vestidos y las acomodó con una precisión que parecía una provocación.

Después caminó hacia la puerta.

Al pasar junto a su hijo, murmuró algo que Madison alcanzó a escuchar.

—Tu padre habría entendido lo que está en juego.

Dominic no respondió.

Esperó hasta que los pasos de su madre desaparecieron por el corredor y después cerró la puerta del invernadero.

Madison retrocedió un paso.

Dominic lo notó.

No se acercó más.

—Leo no debió decirte que la policía no contestaría tu llamada.

—Pero lo dijo.

—Ya hablé con él.

—¿Eso se supone que debe tranquilizarme?

—No.

La respuesta fue inmediata.

Madison apretó la correa de su bolso.

—Entonces dime cómo sabían lo del embarazo.

Dominic tardó unos segundos.

—Mi madre no lo sabía.

Madison señaló la puerta por donde había salido la señora Rossi.

—Acaba de decir que estoy embarazada de ti.

—Sospechaba.

—Yo me hice la prueba hace menos de una hora.

Dominic bajó la vista hacia la mesa.

Ahí seguía una de las hojas que su madre no había recogido, con dibujos de vestidos y anotaciones escritas a mano.

—Después de aquella noche, seguridad intentó identificarte porque habías entrado a una residencia privada con una tarjeta que no debía darte acceso.

Madison sintió que se le tensaban los hombros.

—¿Me estuvieron siguiendo?

—Mi madre ordenó que te vigilaran.

No intentó suavizarlo.

—Yo me enteré ayer.

Madison soltó una risa seca.

—Qué conveniente.

—Lo sé.

—¿También sabes qué compré en la farmacia esta mañana?

La mandíbula de Dominic se endureció.

Eso bastó como respuesta.

Madison sintió asco.

No de él exactamente.

De toda aquella estructura invisible que parecía haberse cerrado a su alrededor sin que ella supiera que existía.

Un auto podía seguirla.

Un hombre podía saber dónde trabajaba.

Una mujer desconocida podía mirar sus compras y empezar a elegir vestidos para una boda que Madison jamás había aceptado.

—Llévame a mi casa.

Dominic asintió.

Madison esperaba una discusión.

No llegó.

Él abrió la puerta y llamó a Leo.

—Prepara el auto.

Leo apareció al final del corredor.

Dominic agregó:

—Y a partir de ahora nadie la sigue, nadie revisa sus movimientos y nadie entra a su edificio sin que ella lo autorice.

Leo miró a Madison y luego a Dominic.

—Entendido.

Madison no se movió.

Había algo más.

Algo mucho peor.

—La noche del hotel.

Dominic volvió el rostro hacia ella.

—¿Qué recuerdas?

Por primera vez desde que había llegado, él pareció perder el control exacto de su expresión.

No mucho.

Solo lo suficiente.

Madison sintió frío en las manos.

—Recuerdo acostarme vestida. Recuerdo despertar por momentos. Recuerdo tu voz.

Dominic no dijo nada.

—Y no recuerdo haber decidido acostarme contigo.

Las palabras quedaron entre ambos.

Esta vez Dominic no intentó acercarse.

—Yo tampoco recuerdo toda la noche.

Madison lo miró fijamente.

—¿Qué significa eso?

—Había bebido. Más de lo que debía.

—Yo estaba agotada. Apenas podía mantenerme de pie.

—Lo sé ahora.

Madison sintió que la rabia reemplazaba al miedo.

—No. Ahora sabes lo que te contaron. Esa noche no sabías ni quién era yo.

—Es cierto.

No se defendió.

Eso casi la enfureció más.

Dominic respiró hondo.

—No voy a decirte que lo recuerdes de otra manera. No voy a decirte qué sentiste, qué quisiste o qué pasó en una parte de la noche que ninguno de los dos puede reconstruir con certeza.

Madison apretó los labios.

—Entonces no vuelvas a mandar hombres a mi puerta hablando de mi estado delicado.

—No volverá a ocurrir.

—Y tu madre no vuelve a acercarse a mí.

Dominic miró las hojas de vestidos.

—Eso va a costarme una pelea.

—No es mi problema.

—No dije que lo fuera.

Madison salió del invernadero antes que él.

Durante el camino de regreso, Dominic no subió al vehículo.

Leo manejó.

Nadie habló.

Cuando llegaron a su edificio, Madison abrió la puerta antes de que el chofer pudiera rodear el auto.

Leo la llamó por su nombre.

Ella se volteó.

Él extendía una tarjeta blanca.

Madison no la tomó.

—El número personal del señor Rossi.

—No lo quiero.

Leo guardó la tarjeta.

—Entendido.

Dos días después, Madison confirmó el embarazo con una profesional de salud.

La noticia no se sintió más real al escucharla de otra persona.

Solo más pesada.

Salió con varias hojas dobladas dentro del bolso y se quedó varios minutos sentada en una banca, observando a la gente pasar.

Tenía 24 años.

Debía renta.

Su trabajo dependía de contratos que podían desaparecer con una llamada.

Y probablemente llevaba dentro un hijo de Dominic Rossi.

Harper llegó media hora después con dos cafés y la cara desencajada.

—Dime que no es cierto.

Madison tomó el vaso caliente.

—Es cierto.

Harper se sentó a su lado.

Durante un rato ninguna intentó convertirlo en una broma.

Finalmente Harper preguntó:

—¿Qué vas a hacer?

Madison miró las hojas dentro de su bolso.

—Primero voy a decidir qué quiero yo.

Era la primera decisión verdaderamente suya desde que había visto las dos líneas rosas.

Pasaron cuatro días antes de que Dominic volviera a aparecer en su vida.

No envió guardias.

No fue a su edificio.

No llamó desde números desconocidos.

Mandó un solo mensaje a través de Harper porque era la única persona a quien Madison había autorizado como contacto.

Necesitaba hablar de una prueba de paternidad cuando fuera médicamente apropiado.

Nada más.

Madison aceptó reunirse con él en un café concurrido.

Llegó veinte minutos antes.

Dominic llegó solo.

Sin traje.

Sin escolta visible.

Se sentó frente a ella y dejó el teléfono sobre la mesa.

—Mi madre está furiosa conmigo.

—Me parte el corazón.

La esquina de la boca de Dominic se movió apenas.

No llegó a sonreír.

—Ordené que destruyeran los reportes sobre tus movimientos.

Madison lo observó.

—¿Cómo sé que lo hicieron?

—No lo sabes.

Otra vez esa respuesta incómodamente directa.

—Tendrías que confiar en mí.

—No confío en ti.

—Lo entiendo.

Dominic sacó una pequeña carpeta de su abrigo, pero no la empujó hacia ella.

Madison endureció la expresión.

—¿Qué es eso?

—El registro de acceso del penthouse.

Ella no tocó la carpeta.

Dominic continuó.

—La tarjeta que te dio Harper estaba programada para subir a mi piso, no a la habitación 412.

—Eso ya lo descubrí de la peor manera.

—La pregunta es por qué.

Madison sintió un golpe de inquietud.

Dominic abrió la carpeta.

Había una copia del registro electrónico de aquella madrugada.

—Esa tarjeta fue emitida para un invitado que tenía autorización temporal para subir al penthouse.

—Harper dijo que un VIP la dejó.

—La dejó en la barra después de que cancelaron su acceso. El sistema debía haberla bloqueado.

Madison miró las horas impresas.

—Pero no lo hizo.

—No.

—¿Por qué?

Dominic cerró la carpeta.

—Un error de seguridad.

Ella soltó el aire.

—¿Eso es todo?

—Eso es suficiente para demostrar que tú no planeaste entrar a mi casa.

Madison se quedó inmóvil.

No había entendido hasta ese momento cuánto le había preocupado que él pensara lo contrario.

—¿Creías que lo había hecho a propósito?

Dominic sostuvo su mirada.

—Durante unas horas, sí.

—¿Y después?

—Vi cómo saliste descalza sin llevarte nada.

Madison recordó los zapatos abandonados sobre la alfombra persa.

—Mis favoritos.

—Todavía los tengo.

Ella levantó una ceja.

—Eso sonó peor de lo que querías.

—Mucho peor.

Por primera vez desde el invernadero, Madison soltó una risa real.

Duró poco.

Pero cambió algo.

No confianza.

Todavía no.

Solo la certeza de que Dominic Rossi era más complicado que la historia que Boston contaba sobre él.

La prueba de paternidad se realizó varias semanas después, cuando Madison decidió que quería una respuesta definitiva.

Dominic pagó únicamente porque ella aceptó que lo hiciera.

No estuvo presente durante el procedimiento.

No pidió acceso a información adicional.

Cuando llegaron los resultados, Madison insistió en abrirlos sola.

Se sentó en la pequeña mesa de su cocina con Harper enfrente.

Leyó una vez.

Después otra.

Dominic era el padre.

Harper se llevó ambas manos a la boca.

—Maddy…

Madison dobló el documento.

—Tengo que decírselo.

Lo llamó por primera vez aquella noche.

Contestó antes del segundo tono.

—Madison.

Ella cerró los ojos.

—Es tuyo.

Hubo una pausa breve.

—¿Estás bien?

Madison no esperaba esa pregunta.

—No sé.

—Está bien no saberlo todavía.

—Tu madre va a volverse loca.

—Mi madre no tiene que enterarse hoy.

Madison abrió los ojos.

—¿No se lo vas a decir?

—Es tu información médica también.

Aquella frase hizo más por calmarla que cualquier promesa.

Durante las siguientes semanas establecieron reglas.

Madison las escribió.

Dominic aceptó cada una.

Nada de aparecer sin avisar.

Nada de seguridad siguiéndola sin su consentimiento.

Nada de hablar con sus clientes.

Nada de decisiones sobre el embarazo sin ella.

Nada de boda.

Especialmente eso.

Cuando Dominic leyó la última regla, tomó el bolígrafo.

—Podrías haberla puesto primero.

—Quería que quedara clara.

—Quedó clara.

Firmó debajo.

No era un contrato legal.

Era una hoja arrancada de una libreta de Madison.

Para ella valía más que todos los papeles del invernadero.

La señora Rossi tardó exactamente nueve días en romper el acuerdo.

No apareció en persona.

Mandó una caja.

Dentro había una prenda diminuta de bebé, una tarjeta sin firma y una fotografía antigua de Dominic cuando era recién nacido.

Madison encontró el paquete afuera de su departamento al regresar del trabajo.

Llamó a Dominic.

—Tu madre.

—¿Qué hizo?

—Mandó una caja.

La voz de Dominic cambió.

—No la abras.

—Ya la abrí.

—Voy para allá.

—No.

Él se quedó callado.

Madison respiró.

—Te dije que no aparecieras sin permiso. Tampoco quiero que vengas cada vez que ella haga algo.

—Entonces dime qué necesitas.

Madison miró la fotografía del bebé Dominic.

—Necesito que entiendas algo. Poner límites a tu madre es tu trabajo. Mantenerlos es el mío.

Dominic tardó un segundo.

—Entendido.

Madison colocó todo de nuevo dentro de la caja.

No la tiró.

Tampoco la aceptó como un gesto de reconciliación.

La guardó en la parte superior de un clóset.

Pasaron los meses.

Dominic empezó a acompañarla a algunas citas cuando ella se lo permitía.

Al principio se sentaba lejos.

Después más cerca.

Nunca hablaba por ella.

Madison descubrió detalles que no encajaban con su reputación.

Dominic odiaba las salas demasiado frías.

Siempre llevaba una botella de agua que olvidaba abrir.

Leía cada instrucción dos veces.

Y la primera vez que escuchó el latido del bebé, no dijo una palabra durante varios minutos.

Solo se quedó mirando el suelo con las manos juntas.

Madison fingió no notar que tenía los ojos húmedos.

La relación entre ellos no se volvió romántica de la noche a la mañana.

Hubo discusiones.

Muchas.

Dominic estaba acostumbrado a resolver problemas con dinero, personal y órdenes rápidas.

Madison odiaba las tres cosas.

Una tarde él hizo que alguien reparara la calefacción de su departamento sin preguntarle.

Ella lo obligó a cancelar el trabajo.

—Hace frío ahí.

—Es mi departamento.

—Estás embarazada.

—Sigo siendo adulta.

Dominic apretó la mandíbula.

—Bien.

—No digas bien como si estuvieras contando hasta diez.

—Estoy contando hasta veinte.

Madison casi sonrió.

—Sigue contando.

Dos días después ella misma contrató la reparación.

Dominic no mencionó el asunto otra vez.

Aquello fue más importante de lo que parecía.

La señora Rossi, en cambio, seguía convencida de que una boda solucionaría todo.

Finalmente Madison aceptó verla otra vez.

No en la mansión.

No rodeada de guardias.

En el mismo café donde se había reunido con Dominic.

La mujer llegó impecablemente vestida y dejó su bolso junto a la silla.

—Dominic dice que debo disculparme.

Madison levantó una ceja.

—Entonces ya empezamos mal.

La señora Rossi la miró durante varios segundos.

—Tienes carácter.

—Eso tampoco es una disculpa.

La mujer exhaló lentamente.

—Te vigilé sin tu permiso. Hice que te llevaran a mi casa. Intenté decidir tu futuro antes de preguntarte qué querías.

Madison esperó.

—Estuvo mal.

No era cálido.

No era perfecto.

Pero era una disculpa.

—¿Por qué la boda? —preguntó Madison.

La señora Rossi miró hacia la calle.

—Porque en mi familia todo lo que no controlábamos terminaba convirtiéndose en un arma contra nosotros.

—Yo no soy un arma.

—Lo sé ahora.

—Y el bebé tampoco.

La mujer asintió.

Madison tomó un sorbo de agua.

—No voy a casarme para que usted se sienta segura.

—Dominic ya dejó eso bastante claro.

—Quiero escucharlo de usted.

La señora Rossi bajó la vista.

Por primera vez desde que Madison la conocía, parecía una mujer mayor y no una figura imposible de mover.

—No volveré a presionarte para que te cases con mi hijo.

Madison sostuvo su mirada.

—Gracias.

No se abrazaron.

No se volvieron familia ese día.

Pero cuando la señora Rossi se levantó para irse, dejó sobre la mesa una pequeña bolsa.

Madison frunció el ceño.

—¿Qué es eso?

—Tus zapatos.

Madison abrió la bolsa.

Los zapatos negros que había abandonado en el penthouse casi seis meses antes estaban dentro.

Los levantó, incrédula.

—Pensé que Dominic los tenía.

—Los tenía.

La señora Rossi tomó su bolso.

—Le dije que conservar los zapatos de una mujer después de una noche que ninguno de los dos recuerda bien era una idea espantosa.

Madison soltó una carcajada antes de poder evitarlo.

La mujer mayor también sonrió apenas.

Fue la primera vez que estuvieron de acuerdo en algo sin discutir.

El bebé nació meses después, sano, después de una noche larga que dejó a Dominic caminando de un extremo al otro del pasillo hasta que Madison le ordenó sentarse.

Cuando finalmente pudo entrar, se acercó despacio.

No tocó al bebé inmediatamente.

Miró a Madison primero.

—¿Puedo?

Ella asintió.

Dominic levantó a su hijo con una delicadeza que habría resultado imposible asociar con el hombre que aparecía en las noticias.

Madison lo observó ajustar una manta alrededor del pequeño.

No olvidó quién era Dominic.

No ignoró las cosas que todavía no entendía de su vida.

Tampoco convirtió el miedo del principio en una historia romántica para hacerlo más cómodo.

Lo que había ocurrido aquella noche seguía siendo una parte complicada de ambos.

Por eso todo lo que vino después tuvo que construirse de otra manera.

Con preguntas.

Con permiso.

Con límites.

Con decisiones que pudieran cambiarse.

La señora Rossi llegó horas después.

No llevaba vestidos.

No llevaba planes.

Traía únicamente una bolsa pequeña con ropa para el bebé y preguntó antes de entrar.

Madison la dejó pasar.

La mujer se acercó a la cuna transparente y se quedó mirando a su nieto.

—Es igual a Dominic cuando nació.

—Eso espero —dijo Madison—. Porque la prueba fue bastante clara.

La señora Rossi soltó una risa breve.

Dominic negó con la cabeza.

Por un instante parecieron una familia común.

Solo por un instante.

Las cosas entre Madison y Dominic continuaron avanzando lentamente durante el primer año.

Él no se mudó con ella.

Ella no se mudó a la mansión.

Compartieron horarios, noches sin dormir, pañales, consultas, discusiones sobre nombres y silencios agotados a las tres de la mañana.

Dominic aprendió que preguntar era más difícil que ordenar.

Madison aprendió que aceptar ayuda no significaba entregar el control.

Un domingo, mientras el bebé dormía, Dominic estaba en el piso del departamento intentando armar una silla infantil que claramente estaba perdiendo la batalla.

Madison encontró la vieja tarjeta dorada de aquella gala dentro de una caja donde guardaba recuerdos del trabajo.

La había conservado sin saber por qué.

La sostuvo entre dos dedos.

—Mira esto.

Dominic levantó la cabeza.

Al verla, cerró los ojos.

—Quémala.

—Pensé que los hombres peligrosos no le tenían miedo a una tarjeta de hotel.

—Esa tarjeta me ha causado suficientes problemas.

Madison se sentó frente a él.

Durante unos segundos observó el objeto que había iniciado todo.

Antes había significado una puerta equivocada.

Una noche que no podía reconstruir.

Miedo.

Hombres golpeando su departamento.

Una mujer eligiendo vestidos sin preguntarle.

Ahora solo era un pedazo de plástico dorado.

Ya no controlaba nada.

Madison lo dejó sobre la mesa.

Dominic volvió a luchar con la silla.

—Está al revés —dijo ella.

—No está al revés.

—Dominic.

Él miró las instrucciones.

Después la silla.

—Está al revés.

Madison sonrió.

Meses más tarde, Dominic volvió a mencionar el matrimonio.

Esta vez no había invernadero.

No había guardias.

No había vestidos preparados por otra persona.

Estaban en la cocina de Madison con el bebé dormido en la habitación contigua.

Dominic puso una pequeña caja sobre la mesa, pero no la abrió.

—No voy a pedírtelo hoy.

Madison frunció el ceño.

—Entonces esto es una estrategia extraña.

—Probablemente.

Él apoyó ambas manos sobre la mesa.

—Solo quiero que sepas que algún día me gustaría preguntártelo.

Madison miró la caja.

—¿Y si digo que no?

—La guardaré.

—¿Y si digo que nunca?

Dominic respiró.

—Seguiré siendo el padre de nuestro hijo y seguiré respetando tu respuesta.

Madison levantó la vista hacia él.

Aquello era lo único que importaba.

No el anillo.

No el apellido Rossi.

No la mansión.

La posibilidad real de decir que no.

Madison tomó la caja y la empujó de regreso hacia él.

Dominic bajó la mirada.

Ella se puso de pie, abrió un cajón y sacó la vieja tarjeta dorada del hotel.

La colocó encima de la caja.

—Guarda las dos.

—¿Eso es un no?

Madison negó con la cabeza.

—Es un todavía no.

Dominic la miró durante un momento.

Después guardó la caja y la tarjeta en el bolsillo.

—Puedo vivir con eso.

Madison se acercó a revisar al bebé.

Dominic fue detrás de ella, pero se detuvo en el marco de la puerta hasta que Madison extendió la mano hacia él.

Entonces entró.

La primera vez que una tarjeta abrió una puerta entre ellos, ninguno había elegido estar del otro lado.

Esta vez Madison había abierto la puerta ella misma.

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