Alejandro no apartó la vista de Lucía mientras el presidente del consejo seguía hablando al otro lado de la línea.
—No voy a discutir a la niña como si fuera un activo —dijo—. Y desde este momento, cualquier asunto que mezcle a Lucía con Grupo Barrera pasa por mi abogado. Yo no voy a negociar nada relacionado con esa empresa mientras ella esté aquí.
Hubo una pausa.
—Eso puede costarte el acuerdo —respondió el hombre.
—Entonces que me lo cueste.
Alejandro colgó.

Lucía seguía en la entrada de la cocina, con las mangas de la camiseta cubriéndole las manos.
—¿Mi papá era malo? —preguntó.
La pregunta lo desarmó más que la llamada.
Podía decirle que Ricardo Barrera había sido duro, obstinado e implacable en los negocios. Podía contarle del juicio, de los meses de presión y de las reuniones en las que ambos se habían tratado como enemigos.
Pero Lucía no le había preguntado qué clase de empresario había sido Ricardo.
Le había preguntado por su papá.
—Fue mi rival —respondió Alejandro—. Eso no significa que yo sepa quién era contigo.
Lucía miró la carpeta.
—Daniel dijo que tengo empresas y casas.
—Dijo que tienes derechos sobre cosas que eran de tu papá.
—Entonces, si tengo tanto… ¿por qué ayer no tenía para comprar pan?
Nadie respondió de inmediato.
Alejandro cerró la carpeta.
—Porque tener algo escrito en un papel no sirve de mucho cuando eres una niña sola y nadie está cuidando de ti.
Lucía bajó la cabeza.
—¿Y ahora todos me van a buscar por el papel?
—Tal vez algunos sí.
Ella levantó los ojos.
—¿Y usted?
Alejandro empujó la carpeta hacia Daniel.
—Cancela cualquier reunión en la que mi nombre pueda cruzarse con la sucesión de Ricardo Barrera. Y deja por escrito que no tocaré una sola decisión sobre sus acciones.
Daniel lo miró sorprendido.
Alejandro acababa de elegir un lado.
Y no era el de los millones.
Daniel tardó un par de segundos en reaccionar.
Había trabajado con Alejandro el tiempo suficiente para saber que aquel hombre no tomaba decisiones impulsivas cuando había cifras grandes sobre una mesa, mucho menos cuando esas cifras podían modificar años de trabajo.
—Alejandro —dijo con cuidado—, entiendo lo que intentas hacer, pero esto puede complicar todo.
—Ya está complicado.
—El consejo va a pensar que estás actuando emocionalmente.
Alejandro miró hacia Lucía.
La niña se había sentado en una de las sillas de la cocina y observaba sus propios pies como si aquella conversación perteneciera a un mundo que no entendía.
—Anoche una niña durmió en una cama por primera vez en semanas —dijo Alejandro—. Si alguien considera eso una decisión empresarial, el problema no es mío.
Marta, que estaba preparando el desayuno, dejó un plato sobre la mesa.
Había pan, huevo y fruta.
Lucía miró primero a Alejandro antes de tocar nada.
Él lo notó.
No pidió permiso con palabras.
Lo pidió con los ojos.
—Come —le dijo.
Solo entonces tomó un pedazo de pan.
A Alejandro le dolió más ese gesto que cualquier acusación del consejo.
Veinticuatro horas antes, su vida estaba organizada alrededor de horarios, contratos, llamadas, choferes, juntas y números que podían subir o caer dependiendo de una firma.
Lucía había entrado en todo eso con una petición de seis palabras.
¿Me compra un bolillo?
Ni siquiera le había pedido dinero.
Había pedido comida.
Daniel abrió nuevamente la carpeta.
—Hay que separar dos cosas —dijo—. Una es la situación de Lucía y otra todo lo relacionado con el patrimonio de su padre.
Alejandro asintió.
Eso era precisamente lo que quería.
No necesitaba saber cuánto valía Lucía.
Necesitaba saber quién debía proteger a Lucía mientras se determinaba qué ocurriría con ella.
—¿Qué encontraron sobre la abuela?
—Lo mismo que ya sabíamos. Está enferma y no está en condiciones de hacerse cargo de una niña.
Lucía levantó la cabeza al escucharla mencionar.
—Mi abuela no me echó —dijo.
Los tres adultos la miraron.
—Yo sé que no podía —continuó ella—. La vecina me dijo que estaba muy enferma.
Marta acercó una silla y se sentó a una distancia prudente.
—Nadie está diciendo que te echó.
Lucía apretó el pan entre los dedos.
—A veces la gente dice primero que no puede y después dice que no quiere.
Alejandro no supo qué responder.
Aquella frase no sonaba como algo que debiera decir una niña de ocho años.
Sonaba como algo aprendido a fuerza de escuchar conversaciones desde habitaciones cercanas.
Él recordó la noche anterior.
“¿Mañana me va a correr?”
“La gente cambia de opinión.”
Había creído que era miedo.
Ahora comprendía que también era experiencia.
Durante los meses posteriores a la muerte de sus padres, Lucía había pasado de una casa que ya no existía como hogar a la vivienda temporal de una vecina, después a la posibilidad de un centro de asistencia y finalmente a la calle.
Los adultos hablaban de procedimientos, posibilidades y recursos.
Lucía solo había visto puertas que se cerraban.
—No voy a decirte que todo va a arreglarse hoy —dijo Alejandro.
Ella lo miró.
—¿Entonces sí me puedo quedar?
Alejandro escogió con cuidado las palabras.
—Puedes quedarte aquí mientras se decide correctamente qué es lo mejor para ti y mientras las personas que deben intervenir hacen su trabajo.
Lucía frunció el ceño.
—Eso no sonó como un sí.
Daniel bajó la mirada para ocultar una sonrisa breve.
Alejandro, en cambio, no sonrió.
—Porque no quiero mentirte.
La niña permaneció callada.
—Hay cosas que yo no puedo decidir solo —continuó—. Pero sí puedo decidir que no voy a usarte para conseguir una empresa, un contrato ni nada que haya pertenecido a tu papá.
Lucía volvió a mirar la carpeta.
—¿Usted odiaba a mi papá?
Aquella pregunta era más difícil.
Alejandro se sentó frente a ella.
—Hubo momentos en los que estuve muy enojado con él.
—¿Por qué?
—Porque peleábamos por negocios.
—¿Y él estaba enojado con usted?
—Mucho.
Lucía pareció pensar.
—Entonces sí se odiaban.
—Los adultos a veces confundimos competir con odiar.
—Eso significa que sí.
Alejandro soltó aire lentamente.
—Probablemente hubo días en los que sí.
Lucía tomó otro pedazo de pan.
—Papá también se enojaba mucho cuando trabajaba.
Alejandro no hizo preguntas.
No quería convertir aquel desayuno en un interrogatorio sobre Ricardo Barrera.
El hombre había sido su rival.
La niña no.
Eso parecía sencillo cuando se pensaba en términos morales.
En la práctica, no lo era.
Su teléfono empezó a llenarse de mensajes.
Daniel revisó el suyo.
—Ya se movió.
—¿Qué cosa?
—La historia.
Alejandro no necesitó preguntar cuál.
En menos de una mañana, la existencia de Lucía había dejado de ser un asunto privado.
Él había sido el adversario empresarial de su padre durante dieciocho meses.
Ahora la hija de Ricardo Barrera estaba durmiendo bajo su techo.
No hacía falta inventar demasiado para convertir la situación en algo sospechoso.
—No contestes nada —dijo Alejandro.
—Si no contestamos, otros van a contar la versión por nosotros.
—Entonces que la cuenten.
Daniel cerró el teléfono.
—Eso no suele molestarte.
—Normalmente no hay una niña de ocho años en medio.
Lucía fingía concentrarse en el desayuno, pero Alejandro vio que había dejado de comer.
—Lucía.
Ella levantó la vista.
—Nada de lo que digan tiene que ver con algo que hayas hecho tú.
—Pero están hablando por mí.
La frase lo detuvo.
No “de mí”.
“Por mí”.
—Sí —admitió Alejandro—. Y eso no debería pasar.
—Siempre hablan por mí.
Marta se quedó inmóvil junto al fregadero.
Lucía volvió la vista al plato.
—La vecina hablaba por mí. Luego las personas que iban a buscarme hablaban por mí. Ahora los de la empresa de mi papá hablan por mí. Usted también habla por mí.
No había enojo en su voz.
Eso lo hizo peor.
Alejandro había pasado años en salas donde la persona capaz de hablar con mayor seguridad solía controlar la reunión.
Frente a Lucía descubrió algo incómodo.
Incluso cuando intentaba protegerla, podía repetir exactamente aquello que ella temía.
Decidir primero.
Explicar después.
—Tienes razón —dijo.
Daniel lo miró.
Lucía también.
—¿En qué?
—En que llevo desde ayer tomando decisiones y diciéndote después lo que va a pasar.
La niña no respondió.
—No puedo prometer que podrás decidir todo —continuó Alejandro—, porque eres menor y hay cosas que deben resolver los adultos responsables y las autoridades. Pero sí puedo prometerte algo distinto.
Lucía esperó.
—Cuando se hable de ti delante de mí, tú no vas a desaparecer de la conversación.
La niña permaneció seria.
—¿Aunque diga algo que a usted no le guste?
—Especialmente entonces.
Marta regresó al fregadero.
Esta vez no ocultó la pequeña sonrisa.
El resto de la mañana transcurrió con llamadas controladas y conversaciones demasiado complicadas para una niña.
Alejandro hizo que su abogado se ocupara de la comunicación relacionada con la situación jurídica y patrimonial.
No quería que ninguna decisión sobre los bienes de Ricardo pudiera confundirse con su decisión de darle alojamiento temporal.
La distinción era importante para los demás.
Para Lucía no tanto.
A media mañana, ella encontró su sudadera limpia y doblada sobre una silla.
Marta había conseguido lavar la ropa que llevaba la noche anterior.
Lucía pasó los dedos por una de las mangas.
—Pensé que la había tirado.
—¿Por qué la iba a tirar? —preguntó Marta.
—Está fea.
—Sigue siendo tuya.
Lucía dobló la prenda con más cuidado del necesario.
Alejandro observó desde la puerta.
Por primera vez entendió que las pocas cosas que la niña conservaba tenían una importancia que el dinero no podía reemplazar de inmediato.
Él podía comprarle veinte sudaderas antes del almuerzo.
Eso no significaba que tuviera derecho a decidir cuál de sus cosas merecía quedarse.
El pensamiento lo acompañó cuando regresó a la mesa donde estaba la carpeta.
Ricardo Barrera.
Incluso muerto, aquel apellido era capaz de llenar una habitación.
Durante dieciocho meses, Alejandro había aprendido a asociarlo con escritos legales, juntas tensas, llamadas nocturnas y cálculos que podían cambiar el futuro de cientos de personas.
Había celebrado la resolución favorable del juicio con una cena breve y una sola copa.
No había sentido alegría por la derrota personal de Ricardo.
Había sentido alivio.
Dos semanas más tarde llegó la noticia del accidente.
Alejandro recordaba exactamente dónde estaba cuando lo supo.
No había pensado en una hija de ocho años.
No sabía siquiera que aquella niña terminaría durmiendo en una habitación a pocos metros de la suya.
Ahora la fotografía de Ricardo estaba encima de su mesa y, a unos pasos, Lucía discutía con Marta porque quería ayudar a secar los platos.
La contradicción era casi absurda.
El enemigo del que Alejandro había pasado meses intentando proteger sus negocios se había convertido, a través de una niña hambrienta, en un hombre al que ya no podía mirar solamente como un adversario.
Era también el padre que Lucía había perdido.
Daniel entró de nuevo.
—¿Puedo hablar contigo?
Alejandro asintió.
Se apartaron unos metros.
—El consejo insiste en que debes tomar distancia.
—Ya la tomé de cualquier asunto relacionado con Grupo Barrera.
—No me refiero a la empresa.
Alejandro entendió antes de que terminara.
—Quieren que Lucía se vaya.
Daniel no respondió enseguida.
No hacía falta.
—Dicen que mientras esté aquí, cualquier cosa que hagas se puede interpretar como interés.
Alejandro miró hacia la cocina.
Lucía seguía de espaldas.
—¿Y a dónde proponen que vaya?
—No están proponiendo nada. Solo dicen que no debería estar contigo.
Aquello terminó de aclarar algo.
La noche anterior, cuando Alejandro había dicho que Lucía no volvería a dormir en el suelo, había creído que estaba ofreciendo una solución temporal.
Ahora se daba cuenta de que apenas había aceptado una responsabilidad.
Era fácil decir “que alguien se haga cargo”.
Mucho más difícil era identificar quién era ese alguien cuando todos tenían una razón para apartarse.
—Diles que agradezco la preocupación —respondió—. Y que mi abogado manejará cualquier posible conflicto.
Daniel lo estudió.
—Te van a acusar de haber perdido objetividad.
—Tal vez la perdí cuando una niña tuvo que pedirme pan porque nadie más estaba allí.
—Alejandro.
—No estoy diciendo que voy a convertirme en su padre, Daniel. Estoy diciendo que no voy a echarla para que mi imagen se vea más limpia.
Esa diferencia era importante.
Alejandro no quería salvar a Lucía con una promesa imposible.
No podía reemplazar a sus padres.
No podía borrar el accidente.
No podía devolverle los meses que había pasado durmiendo donde podía.
Y tampoco podía decidir, simplemente porque tenía dinero, que su departamento se convertiría en el nuevo hogar permanente de la niña.
Lo único que podía controlar era lo que hacía ese día.
Y ese día podía negarse a abandonarla para proteger un negocio.
Cuando regresó a la cocina, Lucía ya llevaba puesta la sudadera limpia.
—Marta dice que mis tenis ya no sirven.
—Marta tiene razón.
Lucía miró hacia abajo.
—Todavía sirven.
La suela del izquierdo casi se separaba al caminar.
—Podemos conseguir otros.
—No quiero unos caros.
Alejandro se sentó.
—No dije que fueran caros.
—La gente rica compra cosas caras.
—A veces también compra zapatos normales.
Lucía lo miró con sospecha.
—Su pluma se ve cara.
Alejandro miró hacia la mesa del comedor.
La pluma seguía junto a la carpeta.
Por primera vez desde que la había comprado, le pareció ridícula.
—La pluma fue una mala decisión.
Lucía soltó una pequeña risa.
Fue breve.
Casi accidental.
Pero cambió el aire de la habitación.
Alejandro no intentó prolongarla.
Había aprendido suficiente en menos de un día para saber que la confianza no debía perseguirse.
Debía dejarse llegar.
Más tarde, cuando Marta le llevó fruta, Lucía guardó dos pedazos de pan dentro de una servilleta.
Lo hizo rápido, creyendo que nadie la había visto.
Alejandro sí.
No dijo nada.
Una parte de él quiso explicarle que no necesitaba esconder comida.
Otra entendió que decirlo no serviría.
Lucía había pasado demasiado tiempo sin saber cuándo sería la próxima vez que podría comer.
Una frase no iba a cambiar eso.
Al caer la tarde, Alejandro volvió a encontrarla sentada cerca de una ventana.
La servilleta con el pan seguía en el bolsillo delantero de su sudadera.
—¿Puedo preguntarle algo?
—Claro.
—Si mi papá perdió contra usted… ¿usted se quedó con sus cosas?
—No.
—¿Seguro?
—Seguro.
Lucía lo estudió.
—Entonces ¿por qué dicen que quiere mi empresa?
—Porque a veces una historia sencilla resulta más fácil de creer que una complicada.
—No entendí.
Alejandro se sentó en la silla frente a ella.
—Tu papá y yo peleamos por un contrato importante. Ahora tú estás aquí. Desde afuera, algunas personas pueden pensar que yo quiero aprovecharme.
—¿Y quiere?
La pregunta llegó sin rodeos.
Alejandro tampoco dio ninguno.
—No.
—¿Ni un poquito?
Él pensó en responder demasiado rápido.
No lo hizo.
Era cierto que durante dieciocho meses había querido vencer a Ricardo.
Había querido ganar.
Había querido demostrar que su posición era correcta.
Negar eso habría sido otra forma de mentir.
—Quise ganarle a tu papá en los negocios —dijo—. Muchísimo.
Lucía esperó.
—Pero tú no eres tu papá, y cuidarte no es ganar una pelea.
La niña miró hacia la ventana.
—A veces los grandes dicen una cosa y quieren otra.
—Sí.
—Entonces ¿cómo sé que usted no está haciendo eso?
Alejandro tardó varios segundos.
—No lo sabes.
Lucía giró la cabeza.
Aquella respuesta sí la sorprendió.
—Tendrás que mirar lo que hago —continuó él—. No solamente lo que te diga.
La niña se quedó pensando.
Luego tocó el bolsillo donde había escondido el pan.
—¿Y mañana?
Alejandro recordó la puerta de la habitación la noche anterior.
“¿Mañana me va a correr?”
“Entonces mañana me vuelves a preguntar.”
Ahora la pregunta regresaba.
—Mañana también estaré aquí.
—Eso tampoco fue un sí.
—Estoy mejorando.
Lucía volvió a sonreír apenas.
Esa noche durmió con la puerta de la habitación entreabierta.
No pidió que la dejaran así.
Simplemente no la cerró por completo.
Alejandro pasó una vez por el pasillo y vio una línea de luz.
No entró.
No quiso convertir cada gesto de la niña en una señal que le perteneciera.
A la mañana siguiente, se despertó antes de la alarma.
Por unos segundos olvidó que Lucía estaba allí.
Luego oyó pasos pequeños en el pasillo.
Salió de su habitación.
La niña estaba junto a la cocina.
Llevaba la misma camiseta grande de la primera noche y sostenía en una mano la servilleta arrugada con los dos pedazos de pan que había guardado el día anterior.
—Buenos días —dijo Alejandro.
Lucía miró la mesa.
Marta todavía no había llegado.
No había desayuno preparado.
Algo cambió inmediatamente en su rostro.
Fue apenas un endurecimiento de la mandíbula.
Un reflejo.
Alejandro lo entendió.
—Podemos preparar algo.
Abrió el refrigerador.
—No sé cocinar demasiado bien, pero todavía no he destruido unos huevos.
Lucía no se movió.
—Tengo esto.
Le mostró la servilleta.
—Lo sé.
Ella se quedó rígida.
—¿Me vio?
—Sí.
—¿Y por qué no dijo nada?
Alejandro sacó los huevos.
—Porque eran tuyos.
Lucía miró el pan.
—Pensé que me iba a dar hambre en la noche.
—Tiene sentido.
—No me dio.
—Mejor.
La niña abrió la servilleta.
El pan estaba duro en los bordes.
Durante un momento pareció indecisa.
Después lo colocó sobre la mesa.
—Ya no lo quiero.
Alejandro tomó una sartén.
—Entonces hacemos desayuno nuevo.
No hubo música.
No hubo una gran declaración.
No hubo ninguna promesa sobre empresas, millones o futuros perfectos.
Solo una niña de ocho años sentada frente a una mesa mientras un hombre que podía negociar operaciones de millones de pesos intentaba no quemar dos huevos.
Cuando Marta llegó, encontró a Alejandro discutiendo con una sartén y a Lucía corrigiéndolo como si llevara años haciéndolo.
—Se le está pegando.
—Estoy consciente.
—Entonces muévalo.
—Eso estoy haciendo.
—Muy lento.
Marta dejó su bolso y decidió no ayudar todavía.
Había cosas que era mejor no interrumpir.
El teléfono de Alejandro vibró sobre la encimera.
Una llamada.
Después otra.
Luego un mensaje de Daniel.
El conflicto empresarial seguía allí.
Grupo Barrera no había desaparecido.
La sucesión de Ricardo no iba a resolverse porque una niña hubiera dormido bien una noche.
Las sospechas del consejo tampoco se evaporarían con un desayuno.
Alejandro miró la pantalla.
Después la puso boca abajo.
—¿No va a contestar? —preguntó Lucía.
—En cinco minutos.
—¿Por qué?
Alejandro sirvió los huevos.
—Porque ahora estoy haciendo otra cosa.
Lucía observó su plato.
—¿Más importante?
La pregunta tenía algo de broma y algo de prueba.
Alejandro se sentó frente a ella.
—Ahora mismo, sí.
Lucía empezó a comer.
No rápido como el primer día.
Eso fue lo primero que él notó.
Ya no sostenía el tenedor como si alguien pudiera retirar el plato en cualquier momento.
Comía despacio.
A mitad del desayuno, miró hacia el pedazo de pan duro que había dejado encima de la servilleta.
Luego lo tomó.
Alejandro creyó que volvería a guardarlo.
En cambio, se levantó y lo dejó junto al bote de basura.
No lo tiró todavía.
Se quedó mirándolo unos segundos.
—¿Qué pasa? —preguntó Alejandro.
Lucía apretó los labios.
—Nada.
Volvió a la mesa.
Dos minutos después se levantó otra vez.
Tomó el pan y finalmente lo dejó caer.
Después regresó a su asiento.
Alejandro no dijo una palabra.
Comprendió que si señalaba el gesto podía arruinarlo.
Para cualquiera, aquello era solamente un pedazo de pan viejo.
Para Lucía era una reserva.
Una garantía.
La prueba de que, si todo volvía a salir mal, tendría algo para comer.
Tirarlo no significaba que hubiera olvidado la calle.
Tampoco que confiara por completo.
Solo significaba que, por primera vez en mucho tiempo, estaba dispuesta a creer que habría otra comida.
Daniel llegó poco después con el teléfono en la mano y la misma carpeta del día anterior.
Alejandro la vio y señaló una silla.
—Déjala cerrada.
Daniel obedeció.
Lucía miró la carpeta.
—¿Todavía están mis cosas ahí?
Alejandro negó con la cabeza.
—Ahí hay información sobre tus cosas.
—Es diferente.
—Mucho.
Ella pensó un momento.
—¿Algún día me van a explicar todo?
Alejandro no respondió por los demás.
—Lo que yo sepa y pueda explicarte, sí.
—¿Aunque sea malo?
—Aunque sea malo.
Lucía asintió.
Después hizo la pregunta que Alejandro llevaba esperando desde que la vio salir al pasillo.
—¿Hoy me va a correr?
Esta vez él no necesitó pensar.
—No.
—¿Y mañana?
Alejandro sostuvo su mirada.
—Mañana puedes volver a preguntarme.
Lucía arrugó la nariz.
—Siempre dice eso.
—Porque tú dijiste que la gente cambia de opinión.
—Sí.
—Entonces no quiero que confíes en una promesa enorme hecha una sola vez. Prefiero contestarte cada día hasta que ya no necesites preguntar.
La niña permaneció inmóvil.
Luego miró hacia donde había tirado el pan.
—A lo mejor mañana ya no pregunto.
Alejandro sintió el golpe de esas palabras, pero no permitió que se convirtiera en una escena más grande de lo que Lucía había querido hacer.
Simplemente asintió.
—Cuando quieras.
Daniel abrió la boca para decir algo sobre las llamadas pendientes.
Alejandro levantó un dedo.
Todavía no.
Lucía terminó su desayuno.
Después llevó su plato hasta el fregadero.
Marta intentó quitárselo.
—Yo puedo.
Lucía negó con la cabeza.
—Yo también.
Marta la dejó hacerlo.
Afuera seguía existiendo una empresa cuyo futuro podía cambiar cuando la sucesión de Ricardo Barrera quedara regularizada.
Seguían existiendo personas convencidas de que Alejandro había encontrado la oportunidad perfecta para apoderarse de algo que llevaba dieciocho meses intentando vencer desde el otro lado de una mesa.
Seguían existiendo abogados, juntas, acusaciones y millones de pesos capaces de convertir cualquier gesto en una sospecha.
Nada de eso había desaparecido.
Pero Alejandro ya sabía qué parte de aquella historia sí podía controlar.
No podía decidir quién sería Lucía dentro de diez años.
No podía prometerle que jamás volvería a tener miedo.
No podía convertir una noche segura en una infancia reparada.
Sí podía negarse a utilizarla.
Sí podía escucharla.
Sí podía aceptar que proteger a una niña no significaba poseer su futuro.
Y podía demostrarlo de la única manera que Lucía parecía creer.
Repitiendo una elección correcta al día siguiente.
Daniel colocó la carpeta cerrada en un estante, lejos de la mesa del desayuno.
Lucía lo vio hacerlo.
Después tomó un bolillo fresco de la canasta que Marta acababa de poner sobre la mesa.
Lo partió por la mitad.
Comió una parte.
La otra la dejó allí.
Sin envolverla.
Sin esconderla en la sudadera.
Sin guardarla para la noche.
Alejandro miró el medio bolillo abandonado junto a su plato y comprendió que, de todos los documentos, propiedades y cifras que habían entrado en su casa durante aquellas veinticuatro horas, aquello era la única señal que realmente importaba.
Ricardo Barrera había sido su rival.
La herencia de Ricardo podía provocar una guerra.
Pero Lucía no era una empresa por conquistar, una deuda que cobrar ni una victoria pendiente.
Era una niña que dos días antes no sabía cuándo volvería a comer.
Y aquella mañana había dejado medio bolillo sobre la mesa porque empezaba a creer que, cuando tuviera hambre otra vez, habría uno nuevo.