Posted in

Nora Quitó Su Último Compañero De Quimio Y Todo Cambió Ese Día-eirian

Nora estiró la mano hacia el poste del suero y desprendió con cuidado la figurita que había acompañado su última sesión de quimioterapia.

La sostuvo frente a ella unos segundos, todavía con la pequeña campana de latón apoyada sobre las piernas, como si necesitara entender qué significaba tener aquellos dos objetos juntos.

Durante casi un año, esa figurita había sido parte de un ritual que ninguno de nosotros se había atrevido a imaginar terminado.

Image

Antes de cada tratamiento, Nora elegía a uno de sus superhéroes y lo colocaba cerca del suero.

Ella decía que era su compañero de misión.

Yo sabía que era algo más.

Era una forma de hacer que una niña de siete años sintiera que tenía un poco de control sobre algo que había llegado a nuestra vida sin pedir permiso.

Ese día, sin embargo, Nora ya no necesitaba elegir quién la acompañaría a recibir la siguiente medicina.

No habría una siguiente ronda de quimioterapia.

Los estudios que el doctor Thomas Hayes había recibido aquella misma mañana estaban limpios.

Nora estaba en remisión completa.

Y podía volver a casa.

Ella levantó la figurita y miró al doctor Hayes, que seguía vestido de Superman.

—Entonces él también se va a casa conmigo, ¿verdad?

El doctor sonrió.

—Después de trescientos cuarenta y dos días de servicio, creo que se ganó unas vacaciones.

Nora soltó una carcajada.

Fue una risa distinta de las que yo había escuchado durante los meses anteriores.

No era la risa que usaba para tranquilizar a una enfermera después de llorar por una aguja.

No era la risa pequeña con la que intentaba convencerme de que las náuseas no eran tan fuertes.

No era esa valentía improvisada que había aprendido demasiado pronto.

Era simplemente la risa de una niña que acababa de recibir la noticia que llevaba meses esperando sin saber cómo pedirla.

Miré alrededor de la habitación.

Batman tenía los brazos cruzados, pero debajo de la máscara se veía que estaba llorando.

Mujer Maravilla sostenía una caja de pañuelos.

Capitán América seguía aplaudiendo cada vez que Nora movía la campana.

Spider-Man se había quedado junto a la puerta, observándola con una sonrisa enorme.

Debajo de todos aquellos disfraces estaban los médicos y enfermeras que habían conocido a Nora en sus días más difíciles.

Ellos habían visto lo que casi nadie más veía.

La habían visto cuando tenía fuerzas para bromear.

Y también cuando no podía incorporarse sola en la cama.

La habían visto escoger una figurita antes de un tratamiento y fingir que aquella decisión convertía la quimioterapia en una aventura.

La habían visto perder el apetito, recuperar un poco de energía, volver a cansarse y preguntar cuánto faltaba.

Yo había aprendido a responder sin hacer promesas.

“Un día a la vez”, le decía.

Ese día, por primera vez, el doctor Hayes sí podía hacerle una promesa concreta.

—Hoy no te quedas aquí —le dijo—. Hoy te vas a casa.

Nora bajó la vista hacia la campana.

Luego preguntó algo que me rompió de una manera completamente distinta.

—¿Y mi cama todavía está como la dejamos?

Sentí un nudo en la garganta.

Durante su tratamiento, regresar a casa nunca había significado realmente volver a la normalidad.

A veces pasábamos unos días ahí y luego regresábamos al hospital.

Otras veces apenas alcanzábamos a guardar una mochila antes de que un síntoma nos obligara a volver.

Su habitación seguía siendo su habitación, pero durante meses había parecido una sala de espera entre una cita y otra.

—Sí —le respondí—. Todo sigue ahí.

Nora pensó unos segundos.

—¿Hasta mis muñecos?

—Hasta los que nunca recogiste.

—Perfecto.

Todos se rieron.

Yo también.

Y por unos segundos casi pude olvidar el miedo que había gobernado nuestra vida durante trescientos cuarenta y dos días.

Casi.

Porque incluso después de escuchar la palabra “remisión”, una parte de mí seguía esperando que alguien agregara una condición.

Una explicación.

Una advertencia.

Había pasado demasiado tiempo aprendiendo a desconfiar de las buenas noticias.

El doctor Hayes pareció darse cuenta.

Se quitó parte de la capa del hombro y se sentó junto a la cama.

Ya no estaba hablando como Superman.

Estaba hablando como el oncólogo que había acompañado a mi hija durante casi un año.

Me explicó que la remisión completa era una noticia extraordinaria, pero que todavía habría controles y seguimiento.

No significaba olvidar todo lo que había sucedido.

Significaba que la etapa que había definido nuestros días hasta entonces había terminado.

Yo asentía mientras intentaba escuchar cada palabra.

Pero Nora estaba concentrada en algo mucho más inmediato.

—¿Entonces hoy puedo cenar en mi casa?

El doctor soltó una pequeña risa.

—Esa es la idea.

—¿Y dormir en mi cama?

—También.

—¿Y mañana no tengo quimio?

—No.

Nora apretó la figurita entre los dedos.

—Eso sí está raro.

La frase hizo reír a todos otra vez.

Pero yo entendí exactamente lo que quería decir.

Para Nora, el hospital había dejado de ser un lugar excepcional.

Era parte de su rutina.

Sabía qué enfermera conseguía que la cinta adhesiva doliera menos al retirarla.

Sabía dónde guardaban las cobijas.

Sabía qué días ciertos médicos estaban de turno.

Sabía cómo acomodar sus juguetes para que no estorbaran durante el tratamiento.

Sabía demasiado sobre cosas que una niña de siete años nunca debería haber necesitado aprender.

Irse a casa era maravilloso.

También era extraño.

El doctor Hayes se levantó y señaló la pequeña campana.

—Creo que todavía nos falta escucharla una vez más.

Nora abrió mucho los ojos.

—¿Otra?

—La última de hoy.

Ella tomó la campana con una mano y la figurita con la otra.

Miró alrededor de la habitación llena de superhéroes.

Después respiró hondo y la hizo sonar.

El repique volvió a recorrer el pasillo.

Esta vez no hubo duda en su movimiento.

Sonó fuerte.

Claro.

Libre.

Yo cerré los ojos apenas un instante.

Recordé el primer día que habíamos entrado a aquel piso.

Nora iba tomada de mi mano y hacía preguntas sin detenerse.

Preguntaba por qué había tantos cables.

Por qué algunas personas llevaban cubrebocas.

Por qué tenía que quedarse.

Yo trataba de responder mientras sentía que el mundo se hacía cada vez más pequeño a nuestro alrededor.

Después llegaron los tratamientos.

Las agujas.

Las náuseas.

Los días buenos que nos daban esperanza.

Los días malos que parecían borrar todo avance.

Y las figuritas.

Siempre las figuritas.

Una noche, después de una sesión especialmente difícil, Nora me había preguntado cuál era mi superpoder.

Yo le dije que no tenía ninguno.

Ella me miró como si acabara de decir la cosa más absurda del mundo.

—Sí tienes.

—¿Cuál?

—Siempre sabes dónde están mis cosas.

Me reí en ese momento.

Después lloré en el baño para que no me viera.

Ahora ella estaba frente a mí con una campana en una mano y su último compañero de quimio en la otra.

Y por primera vez en mucho tiempo yo no tenía que saber dónde estaba todo.

No tenía que preparar una bolsa para otra sesión.

No tenía que revisar si llevábamos los medicamentos necesarios para pasar la noche.

No tenía que calcular cuánto tardaríamos en volver al hospital si algo cambiaba.

Solo tenía que llevar a mi hija a casa.

Parecía una tarea sencilla.

Se sentía enorme.

Las enfermeras comenzaron a ayudar con las últimas cosas de la habitación.

Nora vigilaba cada movimiento desde la cama.

—Ese también va —dijo señalando un dibujo pegado cerca de la cabecera.

Era una hoja que había coloreado meses antes.

En ella aparecía una superheroína con una capa morada y una enorme letra N en el pecho.

—¿Segura? —preguntó una enfermera—. Pensé que nos lo ibas a dejar.

Nora frunció el ceño con expresión exageradamente seria.

—Puedo hacerles otro.

La enfermera se llevó una mano al pecho.

—Trato hecho.

Nora sonrió.

Yo empecé a guardar sus cosas en una bolsa.

Había pequeños objetos que, vistos por separado, no significaban nada extraordinario.

Un cepillo.

Una libreta.

Dos calcetines que nunca aparecían al mismo tiempo.

Un paquete de colores.

Una figurita con una esquina raspada.

Pero para mí cada cosa estaba ligada a una escena de los meses anteriores.

La libreta donde Nora había dibujado a una enfermera como si fuera una heroína.

Los colores que usamos durante una tarde en la que no tenía fuerzas para levantarse.

La figurita que una vez se cayó detrás de la cama y provocó una búsqueda de veinte minutos porque Nora se negaba a empezar el tratamiento sin ella.

Aquella mañana, todos esos objetos cambiaban de significado.

Ya no eran pertenencias de una paciente instalada temporalmente en una habitación de hospital.

Eran cosas que regresaban con su dueña.

Nora observó cómo guardaba la última figurita.

—No esa.

Me detuve.

—¿Quieres llevarla en la mano?

Ella negó con la cabeza.

Miró al doctor Hayes.

—Quiero dejar una aquí.

El médico parpadeó.

—¿Para ti?

—No.

Nora señaló el poste del suero.

—Para otro niño.

Yo me quedé inmóvil con la figurita en la palma.

Nora explicó su idea con la naturalidad con la que hablaba de cualquier cosa.

Dijo que cuando llegó al hospital no sabía cuál superhéroe era el mejor para la quimio.

Con el tiempo había aprendido que cualquiera servía si uno sentía que no estaba solo.

Así que quería dejar uno.

No como un regalo para el hospital.

Como un compañero para alguien que todavía tuviera una misión pendiente.

El doctor Hayes la miró durante varios segundos.

Después tomó la figurita con cuidado.

—Creo que podemos encontrarle una misión importante.

Nora pareció satisfecha.

—Pero díganle que tiene que portarse bien.

—Se lo diremos.

Aquello terminó de romperme.

Durante meses yo había pensado que la enfermedad estaba robándole cosas a mi hija.

Tiempo.

Fuerza.

Rutinas.

Una parte de su infancia.

Y era verdad.

Pero delante de mí también estaba una niña que, después de atravesar todo aquello, todavía pensaba en quién podría necesitar compañía después de ella.

No hizo un discurso.

No intentó parecer valiente.

Simplemente decidió dejar una figurita.

Cuando llegó el momento de cambiarse para salir, Nora quiso conservar algo del disfraz de los médicos.

Capitán América le prestó una pequeña pieza de su atuendo para una foto.

Batman hizo una pose exageradamente seria.

Spider-Man se agachó a su lado.

Mujer Maravilla acomodó la capa de Nora sobre sus hombros.

Yo tomé la foto con las manos todavía temblorosas.

En la pantalla aparecía mi hija rodeada por las personas que habían hecho posible aquel día.

Todos llevaban disfraces.

Pero lo que yo veía eran las mismas personas que habían entrado de madrugada cuando Nora tenía fiebre.

Las mismas que habían esperado a que dejara de llorar antes de comenzar un procedimiento.

Las mismas que habían aprendido sus bromas.

Las mismas que habían celebrado cada pequeño avance sin prometer resultados que todavía no existían.

Antes de salir de la habitación, Nora volvió a mirar la campana.

—¿Me la puedo llevar de verdad?

—Es tuya —respondió el doctor Hayes.

Ella la abrazó contra el pecho.

—Entonces va en mi cuarto.

Yo recogí la bolsa.

Por costumbre, revisé el espacio junto a la cama dos veces para asegurarme de no olvidar nada.

Nora me observó y sonrió.

—Ese es tu superpoder.

—¿Cuál?

—Revisar todo cien veces.

—Creí que mi superpoder era saber dónde estaban tus cosas.

—Tienes dos.

—Qué suerte la mía.

Nos dirigimos hacia la puerta.

Nora avanzaba despacio.

Después de tantos meses, incluso caminar hacia la salida tenía algo de ceremonia.

Algunas enfermeras que no habían podido entrar a la habitación estaban esperando en el pasillo.

No había un gran discurso preparado.

No hacía falta.

Varias levantaron la mano para despedirse.

Una le dijo que esperaba no verla pronto.

Nora se echó a reír.

—Eso suena feo.

—Aquí es un cumplido —respondió la enfermera.

Nora asintió como si lo estuviera considerando seriamente.

—Entonces yo tampoco quiero verla pronto.

Todos volvieron a reír.

Seguimos caminando.

Yo llevaba la bolsa.

Nora llevaba su campana.

El doctor Hayes caminó con nosotros una parte del pasillo todavía usando su disfraz de Superman.

Cuando llegamos al punto en el que tenía que regresar, Nora se detuvo.

Él también.

Durante meses, muchas de sus conversaciones habían terminado con alguna instrucción médica o con la fecha de la siguiente sesión.

Ese día era diferente.

—Entonces… ¿ya? —preguntó Nora.

El doctor entendió.

—Ya.

Ella lo abrazó.

Fue rápido al principio.

Después lo apretó con más fuerza.

El doctor cerró los ojos y apoyó una mano en su espalda.

—Feliz cumpleaños, Nora.

Ella se separó.

—Este fue el mejor.

Yo pensé en todos los cumpleaños que esperaba que todavía pudiera celebrar.

No lo dije.

No quería convertir ese instante en una promesa sobre el futuro.

Habíamos aprendido a respetar demasiado el presente.

Nos despedimos y continuamos hacia la salida.

Cada puerta que cruzábamos parecía marcar una distancia nueva entre Nora y la habitación que había ocupado durante tanto tiempo.

Cuando finalmente salimos del área donde había recibido tratamiento, ella volteó una vez.

No estaba llorando.

Yo sí.

—Mamá.

—¿Qué?

—Te estás poniendo dramática.

Me reí mientras me limpiaba la cara.

—Tengo permiso. Es tu cumpleaños.

—Eso no tiene sentido.

—Hoy muchas cosas no tienen sentido.

—Eso sí.

Al llegar a casa, Nora pidió entrar primero a su habitación.

Yo dejé las bolsas cerca de la puerta y la seguí.

Todo estaba como lo habíamos dejado.

Sus juguetes.

Sus dibujos.

Los libros apilados junto a la cama.

Un montón de cosas pequeñas que durante meses habían esperado su regreso sin saberlo.

Nora caminó hasta una repisa.

Colocó la campana de latón en el centro.

Luego acomodó sus figuritas alrededor.

Dejó un espacio vacío.

El lugar del último compañero de quimio que había decidido dejar en el hospital.

Yo pensé que iba a buscar otra figura para llenarlo.

No lo hizo.

—Ahí se queda —dijo.

—¿Vacío?

—Sí.

—¿Por qué?

Nora me miró como si la respuesta fuera evidente.

—Porque él todavía está trabajando.

No pude decir nada durante unos segundos.

Ella tampoco necesitaba que dijera algo.

Se sentó en su cama y tomó la campana una vez más.

No la hizo sonar.

Solo pasó un dedo por el listón morado y después la dejó en su sitio.

Durante los días siguientes, nuestra casa comenzó a recuperar ruidos que yo había olvidado.

Los pasos de Nora corriendo de una habitación a otra.

Sus juguetes cayéndose.

La televisión demasiado fuerte.

Sus protestas porque no encontraba algo que estaba justo frente a ella.

La palabra “normal” todavía me daba miedo.

Así que dejé de usarla.

No necesitábamos volver exactamente a la vida de antes.

Eso era imposible.

Necesitábamos construir una vida después.

Los controles médicos continuaron.

La remisión no borró el seguimiento ni el nerviosismo que aparecía antes de cada revisión.

Había mañanas en las que yo despertaba y durante unos segundos olvidaba todo lo que había ocurrido.

Después veía la campana en el cuarto de Nora y recordaba.

Pero el objeto ya no me llevaba primero al miedo.

Me llevaba al sonido de aquel pasillo.

Al disfraz de Superman.

A las lágrimas detrás de una máscara de Batman.

A Nora preguntando si “remisión completa” significaba que ya no tendría que tomar la medicina fea.

Y, sobre todo, me recordaba el momento en que quitó aquella última figurita del poste del suero.

Meses después, durante uno de sus controles, volvimos al mismo piso.

Nora llevaba su campana en una mochila porque había decidido enseñársela a una enfermera que no estuvo el día de su cumpleaños.

Mientras esperábamos, pasó junto a nosotros una familia que acababa de llegar.

Un niño más pequeño que Nora iba agarrado de la mano de un adulto.

Miraba todo con esa mezcla de miedo y curiosidad que yo reconocí inmediatamente.

Nora también lo reconoció.

No dijo nada.

Solo abrió su mochila para comprobar que la campana seguía ahí.

Luego me preguntó en voz baja:

—¿Crees que ya encontraron a alguien para mi superhéroe?

—Seguro que sí.

Ella sonrió.

Después entramos a su cita.

Cuando terminamos, Nora pasó por la estación de enfermería para saludar.

Una de las enfermeras la reconoció de inmediato.

—Tengo algo que contarte.

Nora se acercó.

La enfermera explicó que la figurita que ella había dejado ya tenía nueva compañía.

La habían colocado cerca de otro pequeño paciente durante un día difícil.

No nos dio detalles.

No hacían falta.

Nora solo quiso saber una cosa.

—¿Le ayudó?

La enfermera sonrió.

—Creo que sí.

Nora miró su mochila.

Luego me miró a mí.

—Te dije que todavía estaba trabajando.

Asentí.

Esta vez no lloré.

O al menos conseguí esperar hasta llegar al pasillo.

Con el tiempo, la campana permaneció en la repisa de su habitación.

No como una pieza triste.

No como un recordatorio constante de la enfermedad.

Nora comenzó a colgar pequeñas cosas del listón morado: una pulsera, una nota, una estrella de papel que hizo en la escuela.

La campana se integró a su cuarto como cualquier otro objeto importante de su infancia.

Y eso, quizá, fue lo que más me sorprendió.

Durante trescientos cuarenta y dos días, nuestra vida había girado alrededor de tratamientos, resultados, medicamentos y horarios.

Yo había pensado que el gran final tendría que sentirse enorme para siempre.

Pero la verdadera victoria empezó a aparecer en cosas pequeñas.

Nora quejándose porque tenía que ordenar sus juguetes.

Nora negociando cinco minutos más antes de dormir.

Nora dejando ropa en el piso.

Nora diciendo que estaba aburrida.

Nunca imaginé cuánto iba a agradecer escuchar a mi hija decir que estaba aburrida.

El día de su cumpleaños, los médicos se pusieron capas y máscaras para hacerla sonreír.

Ella creyó que esa era la sorpresa.

Yo también.

Pero el verdadero regalo llegó cuando el doctor Hayes se arrodilló junto a su cama, sacó aquella pequeña campana de latón y le explicó que los estudios estaban limpios.

La palabra que cambió todo fue “remisión”.

Sin embargo, la imagen que se quedó conmigo fue otra.

Nora retirando su último compañero de quimio del poste del suero.

Primero lo sostuvo como algo que pertenecía a una etapa terminada.

Después decidió dejarlo para alguien que todavía lo necesitara.

La campana se vino con nosotros.

La figurita se quedó.

Y aquel espacio vacío entre sus superhéroes nunca volvió a parecerme una ausencia.

Era la prueba de que, después de trescientos cuarenta y dos días, una pequeña parte de nuestra historia podía quedarse atrás mientras Nora seguía adelante.

Leave a Reply

Your email address will not be published. Required fields are marked *