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La Princesa Despertó Antes de Su Entierro y Exigió Guardar el Secreto-eirian

Los pasos del pasillo se hicieron más claros, y Elena reaccionó antes de que Thomas pudiera decidir si debía correr, gritar o convencerse de que seguía atrapado en una pesadilla.

La princesa le hizo una seña urgente y volvió hacia el estrado donde, apenas unos minutos antes, había permanecido tendida mientras todo el palacio la despedía como si ya no existiera esperanza alguna.

—Ayúdeme —susurró.

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Thomas seguía en el suelo.

La había visto abrir los ojos.

La había visto ponerse de pie.

La había sentido cubrirle la boca con una mano fría mientras le rogaba que no dijera nada.

Y ahora escuchaba a alguien acercándose a la puerta.

El anciano logró incorporarse apoyándose en la columna y miró a Elena con una mezcla de miedo y desconcierto.

—¿Qué está haciendo?

—Lo único que puede mantenerme con vida.

Aquella respuesta le heló más que la mano de la princesa.

Elena subió de nuevo al estrado, acomodó el vestido dorado y se tendió exactamente como la habían dejado, pero su respiración ya no era tan débil como antes y Thomas podía verla mover apenas el pecho.

—Princesa, eso no tiene sentido —murmuró él—. Su padre debe saber que está viva.

—Todavía no.

—Es su padre.

Elena cerró los ojos.

—Precisamente por eso necesito saber quién entra primero.

Thomas quiso preguntar qué significaban esas palabras, pero el picaporte comenzó a bajar.

No había tiempo.

El sanador se colocó junto al estrado, juntó las manos y fingió continuar la oración que había interrumpido minutos antes.

Las puertas se abrieron.

Entró el mismo guardia que le había concedido unos momentos a solas.

—Thomas, ya pasó el tiempo.

El anciano inclinó la cabeza para ocultar el temblor de su rostro.

—Terminé.

El guardia avanzó hasta el estrado.

Thomas contuvo el aliento.

Elena no se movió.

—Entonces debo avisar para que la trasladen.

El guardia dio media vuelta, pero antes de llegar a la puerta apareció otra figura en el corredor.

Era el rey Adrian.

El monarca se había quitado la capa ceremonial y parecía haber envejecido años durante aquella noche; llevaba los hombros hundidos y caminaba sin la firmeza que todos conocían.

—Déjanos —ordenó al guardia.

El hombre obedeció.

Thomas sintió que el corazón le golpeaba con tanta fuerza que temió que Adrian pudiera escucharlo.

El rey se acercó lentamente a su hija.

—Pensé que ya la habían llevado —dijo.

—Pedí unos minutos para rezar por ella, Su Majestad.

Adrian asintió sin mirarlo.

Luego colocó una mano sobre el borde del estrado.

—Cuando era pequeña odiaba este color —murmuró al observar el vestido dorado—. Decía que la hacía parecer una estatua.

Thomas bajó los ojos.

Elena seguía inmóvil.

Adrian extendió la mano hacia el cabello de su hija, pero se detuvo antes de tocarla.

—Anoche pensé que todavía habría tiempo para decirle tantas cosas.

Thomas sintió que la garganta se le cerraba.

Podía terminar aquello en ese instante.

Solo tenía que decir dos palabras: está viva.

Sin embargo, recordó lo que Elena acababa de pedirle.

Necesitaba saber quién entraba primero.

Y el primero había sido su padre.

Thomas empezó a preguntarse si la princesa temía precisamente al rey, pero algo en el rostro de Adrian no encajaba con esa idea.

No había vigilancia en sus ojos.

No había alivio.

Había dolor.

Dolor auténtico, o al menos eso parecía.

El rey se inclinó y besó la frente de Elena.

Ella no reaccionó.

—Descansa, hija mía.

Adrian se apartó.

Cuando pasó junto a Thomas, el sanador estuvo a punto de hablar.

—Su Majestad…

El rey se detuvo.

Thomas abrió la boca.

Detrás de Adrian apareció de nuevo el guardia.

—Perdone, señor. El consejero Víctor pregunta si puede comenzar el traslado.

Los ojos de Elena permanecieron cerrados, pero Thomas vio algo que el rey no podía percibir desde donde estaba.

Los dedos de la princesa se tensaron debajo de la manga dorada.

Una vez.

Solo una.

Thomas comprendió.

—No era nada —dijo finalmente—. Solo quería expresar mis condolencias.

Adrian asintió y salió.

En cuanto las puertas se cerraron, Elena abrió los ojos.

No se incorporó de inmediato.

—¿Escuchó el nombre? —preguntó.

—Víctor.

La princesa respiró profundamente.

—Entonces todavía tenemos oportunidad.

Thomas se acercó al estrado.

—Ya basta. Dígame qué está ocurriendo.

Elena se sentó con esfuerzo y llevó una mano al pecho.

Todavía estaba pálida.

El hecho de estar despierta no significaba que estuviera bien.

Thomas recuperó por un momento sus reflejos de sanador y le tomó la muñeca.

El pulso estaba allí.

Débil, irregular, pero inconfundible.

—Necesita descansar y necesita que la examine —dijo—. Sea lo que sea que pasó anoche, pudo haberla matado.

Elena lo miró fijamente.

—Eso era exactamente lo que alguien esperaba.

Thomas soltó su muñeca.

—¿Está diciendo que alguien intentó matarla?

—Estoy diciendo que recuerdo algo antes de caer.

El anciano permaneció atento.

—Durante la cena sentí un sabor extraño en la copa.

Thomas frunció el ceño.

—Eso no prueba nada.

—Lo sé.

—Pudo tratarse de cualquier cosa. Incluso de algo relacionado con lo que comió.

—También lo sé.

Elena bajó la mirada hacia sus propias manos.

—Pero unos minutos antes, Víctor insistió en cambiar mi copa porque dijo que tenía una mancha en el borde.

Thomas guardó silencio.

La princesa no estaba acusando a Víctor directamente.

Eso, de alguna manera, hacía su relato más inquietante.

—¿Lo vio poner algo dentro?

—No.

—Entonces no podemos afirmar que él haya hecho nada.

—No quiero afirmarlo. Quiero descubrirlo.

Thomas se pasó una mano por el rostro.

—¿Y por eso piensa fingir que sigue muerta?

—Por unas horas.

—Eso es una locura.

—Si anuncio que sobreviví, quien haya provocado esto sabrá inmediatamente que falló.

—Y si nadie provocó nada, estará haciendo pasar a su padre por el peor dolor de su vida.

Elena cerró los ojos por un instante.

Esa vez no fingía.

—Lo sé.

Aquellas dos palabras salieron con un peso que Thomas no esperaba.

La princesa apretó los dedos contra el vestido dorado.

—Por eso necesito terminarlo rápido.

El sanador caminó alrededor del estrado mientras intentaba ordenar sus pensamientos.

No podía aceptar la historia solo porque Elena hubiera despertado de manera inexplicable.

Tampoco podía ignorar que varias personas experimentadas la habían examinado durante la noche y todos habían llegado a la misma conclusión.

Algo había salido terriblemente mal.

—Primero debo saber qué le ocurrió —dijo Thomas—. Si vuelve a perder el conocimiento, ningún secreto importará.

Elena aceptó con un gesto.

Thomas revisó sus pupilas, su respiración y su pulso con los pocos medios que tenía en el salón.

La princesa estaba agotada y deshidratada, pero respondía con claridad.

—¿Recuerda todo lo ocurrido antes de caer?

—Casi todo.

—¿Y después?

Elena tardó en contestar.

—Escuchaba voces.

Thomas levantó la mirada.

—¿Mientras la examinábamos?

—A ratos.

El anciano sintió un escalofrío.

—¿Por qué no respondió?

—No podía.

La voz de Elena bajó todavía más.

—Escuchaba a la gente, pero mi cuerpo no obedecía. Quise abrir los ojos. Quise mover los dedos. Nada funcionaba.

Thomas recordó la noche anterior.

Los intentos desesperados de encontrar pulso.

La respiración prácticamente imperceptible.

La piel fría.

El silencio de todos cuando finalmente dejaron de intentarlo.

—Entonces la declaramos muerta mientras todavía podía escucharnos —dijo, horrorizado.

—No todo el tiempo. Hubo momentos en los que no recuerdo nada.

Thomas apartó la mirada.

El peso de su error cayó sobre él de golpe.

Elena lo notó.

—No lo culpo.

—Debimos revisar más.

—Ustedes trabajaron toda la noche.

—No fue suficiente.

—Thomas.

Él la miró.

—Si usted no hubiera decidido quedarse, yo habría despertado encerrada para el entierro.

El anciano palideció.

No necesitaba imaginar lo que habría significado.

Elena tampoco.

Por unos segundos ninguno habló.

Después, la princesa señaló hacia la puerta.

—Víctor pidió que comenzaran el traslado demasiado pronto.

Thomas negó con la cabeza.

—Eso tampoco demuestra nada. El rey dio la orden de preparar el entierro.

—Sí. Mi padre dio la orden de despedirme. Víctor está insistiendo en acelerar cada paso desde antes del amanecer.

—¿Cómo lo sabe?

—Lo escuché.

Thomas volvió a quedar inmóvil.

—Cuando pensaba que estaba muerta.

Elena asintió.

—Entró a mis aposentos durante la noche.

—¿Solo?

—No lo sé. No podía abrir los ojos. Escuché su voz cerca de la cama.

—¿Qué dijo?

Elena respiró despacio, como si necesitara asegurarse de recordar con precisión.

—Preguntó cuánto faltaba para que mi padre firmara los documentos de sucesión temporal.

Thomas sintió que el salón parecía volverse más pequeño.

—Eso podría formar parte de sus obligaciones.

—Podría.

Elena lo miró.

—Por eso todavía no quiero acusarlo.

Thomas comprendió entonces cuál era el verdadero problema.

La princesa no sabía quién había causado su estado.

Solo sabía que, mientras todos aceptaban su muerte, alguien parecía demasiado interesado en lo que ocurriría después.

Y si estaba equivocada, una acusación precipitada podía destruir a un hombre inocente y quebrar la confianza del rey en su propia corte.

—¿Qué piensa hacer?

—Escuchar.

—¿Desde aquí?

—No.

Thomas abrió los ojos.

—No puede caminar por el palacio con ese vestido fingiendo que es un fantasma.

Por primera vez desde que había despertado, Elena pareció contener una sonrisa.

—No pensaba hacerlo.

Luego miró hacia una puerta lateral usada por los sirvientes para preparar el salón durante las ceremonias.

Thomas entendió la idea y negó de inmediato.

—No.

—Conoce estos pasillos mejor que yo.

—Precisamente por eso sé que no es buena idea.

—Thomas, si me trasladan, perderemos la oportunidad.

—Y si vuelve a desplomarse en uno de esos corredores, puedo perderla de verdad.

Elena dejó caer la mirada.

Thomas esperaba una orden.

En lugar de eso, recibió una petición.

—Entonces venga conmigo.

Eso cambió algo.

El anciano no quería participar en una intriga dentro del palacio.

Tampoco quería abandonar a una paciente que acababa de regresar de un estado que ninguno de ellos comprendía.

—Solo hasta encontrar un lugar seguro —dijo—. Después voy a informar al rey.

—Después de escuchar a Víctor.

—Después de asegurarme de que usted no se muera otra vez.

—Trato hecho.

Thomas encontró una capa sencilla guardada para cubrir el estrado durante el traslado y la colocó sobre los hombros de Elena, ocultando buena parte del vestido dorado.

Antes de abrir la puerta lateral, escucharon voces al otro lado de las puertas principales.

—Ya vienen —dijo Elena.

Thomas movió el pestillo de la salida de servicio.

La princesa dio dos pasos y tuvo que apoyarse en él.

—Eso era exactamente lo que temía —murmuró el sanador.

—Puedo caminar.

—Puede insistir, que no es lo mismo.

Elena respiró hondo y continuó.

Cruzaron hacia un corredor angosto utilizado durante los preparativos de banquetes y ceremonias.

Detrás de ellos, las grandes puertas del salón principal comenzaron a abrirse.

Thomas cerró la puerta lateral con cuidado.

Elena quedó apoyada contra el muro, recuperando el aire.

Entonces escucharon una voz dentro del salón.

Era Víctor.

—¿Dónde está Thomas?

Otro hombre respondió que no lo sabía.

Víctor preguntó por el cuerpo.

Hubo una pausa.

—Sigue en el estrado, señor.

Elena miró a Thomas.

El anciano comprendió que en pocos segundos descubrirían que el supuesto cuerpo de la princesa había desaparecido.

—Tenemos que movernos.

Avanzaron por el corredor hasta una pequeña habitación usada para guardar manteles, candelabros y otros objetos de las ceremonias.

Thomas ayudó a Elena a sentarse.

Apenas cerraron, escucharon el eco de una orden en la distancia.

—¡Busquen al sanador!

Elena levantó la cabeza.

—Ya lo sabe.

—Sabe que no está el cuerpo —corrigió Thomas—. No sabe que usted vive.

—Todavía.

Thomas se acercó a la puerta y escuchó.

Los pasos se multiplicaban.

El secreto que Elena pretendía conservar durante horas acababa de convertirse en una carrera de minutos.

—Necesitamos al rey —dijo él.

Elena negó.

—Necesitamos saber qué hará Víctor primero.

—¿Todavía insiste?

—Más que antes.

Thomas iba a discutir cuando una voz sonó muy cerca, al otro lado del corredor.

—Cierren las salidas interiores.

Era Víctor.

Elena y Thomas se miraron.

Aquello sí era distinto.

No había preguntado si alguien había trasladado el cuerpo por error.

No había mandado revisar las cámaras de preparación ni llamado primero al rey.

Su primera orden había sido cerrar las salidas.

Thomas sintió cómo la duda empezaba a inclinarse.

—¿Por qué impedir que alguien salga? —susurró.

Elena no respondió.

Afuera, Víctor continuó:

—Nadie debe informar al rey hasta que sepamos qué ocurrió.

Thomas apretó la mandíbula.

Eso bastó para que tomara una decisión.

—Ahora sí vamos con su padre.

Elena se puso de pie.

—Hay una ruta hasta sus habitaciones que pasa detrás de la galería.

—Entonces úsela.

Salieron cuando los pasos se alejaron.

Thomas sostenía a Elena por el brazo mientras avanzaban.

Ella odiaba depender de alguien para caminar, y se notaba en la forma en que intentaba soltarlo cada vez que recuperaba un poco de fuerza.

—No tiene que demostrarme nada —le dijo él.

—No es por usted.

—Ya me imaginaba.

Al llegar a una intersección escucharon nuevas voces.

Tuvieron que detenerse detrás de una cortina pesada que cubría una puerta de servicio.

Víctor apareció acompañado por el guardia que antes había hablado con Thomas.

—Revise las habitaciones del sanador —ordenó el consejero—. Si encontró algo durante la noche, puede haberlo escondido.

—¿Algo relacionado con la muerte de la princesa?

Víctor tardó demasiado en responder.

—Relacionado con su desaparición.

El guardia parecía confundido.

—Pero si la princesa estaba muerta, ¿cómo pudo desaparecer sin ayuda?

Víctor lo miró con frialdad.

—Por eso estamos buscando a Thomas.

Elena cerró los dedos sobre el brazo del sanador.

Víctor acababa de ofrecer una explicación antes de tener hechos suficientes para sostenerla.

Thomas sería el culpable conveniente.

El consejero y el guardia se alejaron.

Elena salió de detrás de la cortina.

—Ahora entiende por qué no podía aparecer de inmediato.

—Entiendo que ese hombre está demasiado dispuesto a acusarme.

—Bienvenido a mi problema.

Thomas no encontró graciosa la observación.

Continuaron hasta un pasillo más cercano a las habitaciones privadas del rey.

Allí encontraron algo inesperado.

Adrian estaba solo junto a una ventana, hablando con uno de sus asistentes.

Thomas estuvo a punto de llamarlo.

Elena lo detuvo.

—Espere.

Víctor apareció por el extremo opuesto.

—Su Majestad.

El rey se volvió.

—¿Ya trasladaron a Elena?

Víctor mantuvo la expresión controlada.

—Ha ocurrido una irregularidad.

Adrian frunció el ceño.

—¿Qué clase de irregularidad?

—El cuerpo de la princesa no está en el salón.

El rostro del rey cambió de inmediato.

—¿Qué está diciendo?

—Thomas fue la última persona que permaneció a solas con ella.

El anciano miró a Elena.

La acusación había llegado exactamente como temían.

Adrian dio un paso hacia Víctor.

—Encuéntralo.

—Ya ordené cerrar las salidas.

—No le pregunté qué ordenó. Le dije que lo encontrara.

Víctor inclinó la cabeza.

—Por supuesto.

Cuando se retiró, Adrian permaneció en el corredor con las manos cerradas.

Elena salió de su escondite.

—Padre.

El rey se quedó completamente quieto.

Thomas nunca olvidaría aquella expresión.

Adrian miró a Elena como si su mente se negara a aceptar lo que tenía frente a él.

Ella avanzó un paso.

—Estoy viva.

El rey cruzó la distancia entre ambos y la abrazó con una fuerza que casi hizo que Thomas interviniera por temor a que la princesa volviera a desvanecerse.

Adrian no preguntó cómo.

No preguntó por qué.

Durante varios segundos solo sostuvo a su hija.

Cuando finalmente se apartó, tenía los ojos húmedos.

—¿Quién hizo esto?

Elena negó.

—Todavía no lo sabemos.

—Víctor dijo que Thomas había…

—Thomas me salvó.

El rey miró al anciano.

La acusación que acababa de escuchar perdió fuerza en ese mismo instante.

Elena relató rápidamente lo ocurrido: el movimiento de su manga, el calor de su respiración, el momento en que abrió los ojos y lo que recordaba de la noche anterior.

Adrian escuchó sin interrumpir.

Su expresión se endureció cuando ella mencionó la copa y la visita de Víctor.

—Voy a hacerlo detener.

—No —dijo Elena.

El rey la miró sorprendido.

—¿No?

—Todavía no sabemos si fue él quien puso algo en mi copa.

—Intentó culpar a Thomas minutos después de descubrir tu desaparición.

—Eso demuestra que está ocultando algo. No demuestra qué.

Adrian comenzó a caminar de un lado a otro.

—Entonces, ¿qué propones?

Elena miró a Thomas.

—Que dejemos que crea durante unos minutos más que yo sigo desaparecida.

Thomas suspiró.

—Sabía que iba a decir eso.

El rey no parecía convencido, pero escuchó el plan.

Era sencillo precisamente porque no podían darse el lujo de complicarlo.

Adrian mandaría llamar a Víctor en privado y le diría que Thomas había sido localizado, aunque no revelaría dónde.

También afirmaría que el sanador había mencionado haber encontrado una señal extraña relacionada con la cena.

Nada más.

No habría acusación.

No habría pruebas inventadas.

Solo observarían qué decidía hacer Víctor con esa información.

Thomas insistió en permanecer con Elena.

El rey aceptó.

Minutos después, Víctor entró en una pequeña sala donde Adrian lo esperaba.

Elena y Thomas permanecían detrás de una puerta interior entreabierta, fuera de su vista.

—Encontraron a Thomas —dijo Adrian.

Víctor levantó los ojos.

—¿Dónde?

—Eso no importa todavía.

El consejero pareció medir cada palabra.

—¿Ha explicado qué hizo con la princesa?

—Dice que descubrió algo extraño.

Víctor no reaccionó de inmediato.

—¿Qué cosa?

—Algo relacionado con la cena.

Fue apenas un cambio.

Un movimiento mínimo de la mano de Víctor hacia su cinturón.

Elena lo vio.

Thomas también.

—Su Majestad —dijo el consejero—, Thomas está viejo y llevaba muchas horas sin dormir. Si afirma haber descubierto algo, quizá no sea prudente darle demasiada importancia.

—Todavía no te he dicho qué afirma haber descubierto.

Víctor guardó silencio.

Adrian avanzó un paso.

—¿Por qué estás tan seguro de que no tiene importancia?

—No estoy seguro. Solo intento evitar que el dolor nos haga perseguir fantasías.

La explicación era razonable.

Demasiado razonable.

Entonces Víctor cometió el error que cambió todo.

—Además, la copa ya fue retirada.

Adrian no respondió.

Detrás de la puerta, Elena levantó lentamente la mirada hacia Thomas.

El rey habló después de varios segundos.

—Yo nunca mencioné una copa.

Víctor quedó inmóvil.

La pregunta ya no era si conocía detalles que no debía conocer.

La pregunta era por qué.

Elena abrió la puerta y entró.

Víctor retrocedió.

Por primera vez desde que Thomas lo había visto aquella mañana, el consejero perdió el control de su expresión.

—Princesa…

—Veo que mi muerte le sorprendió menos que mi regreso —dijo Elena.

Víctor miró al rey y luego a Thomas.

—Puedo explicarlo.

—Entonces explique la copa —respondió Adrian.

Víctor respiró con dificultad.

—Vi que la retiraban después de que ella cayó.

Elena negó.

—Usted salió antes de que los sanadores entraran.

—Volví después.

—¿Cuándo?

Víctor no contestó.

Thomas observó que el hombre buscaba una salida verbal, no física.

No había confesión.

Todavía no.

Finalmente dijo:

—La copa tenía que desaparecer porque podía comprometer a alguien que no tuvo intención de hacerle daño.

Elena entrecerró los ojos.

—¿A quién?

Víctor apretó la mandíbula.

—A su padre.

Adrian dio un paso al frente.

—Cuidado.

—No estoy acusándolo, Su Majestad. Estoy diciendo que la bebida destinada a usted terminó frente a la princesa.

La habitación cambió de sentido en un instante.

Elena había supuesto que ella era el objetivo.

Thomas también.

Ahora Víctor afirmaba que aquello que la había derribado estaba destinado al rey.

—¿Por qué sabe eso? —preguntó Elena.

Víctor cerró los ojos brevemente.

—Porque fui yo quien ordenó cambiar las copas.

Thomas recordó lo que Elena había contado.

Víctor había insistido en sustituir la suya por una supuesta mancha.

Pero el consejero continuó antes de que pudieran acusarlo.

—Vi a uno de los sirvientes manipular la copa de Su Majestad de una manera extraña. No sabía qué había hecho. Solo pensé que podía tratarse de una falta de higiene o una torpeza. Para evitar una escena durante la cena, pedí cambiarla.

—Y terminó frente a Elena —dijo Adrian.

Víctor bajó la cabeza.

—Sí.

—¿Por qué no lo dijiste cuando cayó?

—Porque comprendí lo que había provocado.

Aquello era distinto de una confesión de intento de asesinato, pero no era inocencia.

Víctor había ocultado información vital mientras Elena agonizaba.

—Los sanadores pudieron necesitar saberlo —dijo Thomas.

—No sabía qué había en la copa.

—Precisamente por eso debió decirlo.

Víctor no respondió.

Elena lo observó con una tristeza fría.

—Me dejó morir para protegerse.

—No.

—Sí.

—Pensé que ya era demasiado tarde cuando entendí lo ocurrido.

—Y después preguntó por los documentos de sucesión.

Víctor levantó la cabeza.

—Porque si el rey también estaba en peligro, el reino necesitaba continuidad.

Adrian lo miró como si acabara de comprender algo que llevaba años sin querer ver.

Víctor siempre encontraba una explicación práctica.

Siempre había una razón para controlar el siguiente movimiento.

Siempre una razón para decidir qué información debía conocer cada persona.

Esa vez, sin embargo, su necesidad de controlar el desastre había estado a punto de enterrar viva a Elena.

—¿Quién manipuló la copa? —preguntó el rey.

Víctor dio un nombre: uno de los hombres encargados de servir la mesa aquella noche.

No intentó convertirlo en una gran conspiración ni dijo saber más de lo que realmente sabía.

Adrian ordenó localizarlo y mantenerlo separado mientras se aclaraba lo ocurrido.

Después miró a Víctor.

—Y tú no volverás a decidir qué información merece llegar hasta mí.

El consejero palideció.

—Su Majestad…

—Sal.

Víctor quiso hablar.

Adrian levantó una mano.

—Ahora.

Esta vez obedeció.

Cuando la puerta se cerró, Elena se sentó porque sus piernas finalmente dejaron de sostenerla.

Thomas llegó antes de que cayera.

—Eso se acabó —dijo el sanador—. Ya tuvo suficientes misterios por un día.

Elena no discutió.

El rey se arrodilló frente a ella.

—Debiste venir conmigo desde el primer instante.

—No sabía en quién confiar.

Adrian recibió esas palabras como una herida.

No se defendió.

—Ni siquiera en mí.

Elena sostuvo su mirada.

—Quería confiar en usted. Pero mientras estaba inmóvil escuché a gente decidir mi entierro, mi sucesión y lo que ocurriría con todo lo que me pertenecía. Yo estaba ahí y nadie sabía que podía oírlos.

El rey bajó la cabeza.

—Lo siento.

—No necesito que se disculpe por creer a los sanadores.

Elena miró a Thomas.

—Necesito que, desde ahora, nadie vuelva a decidir por mí mientras yo pueda decidir.

Thomas entendió que aquella era la verdadera consecuencia de lo ocurrido.

No se trataba solo de descubrir qué había habido en una copa.

Elena había pasado horas convertida, ante los ojos de todos, en un cuerpo alrededor del cual otros organizaban el futuro.

Sobrevivir no borraba eso.

Adrian tomó la mano de su hija.

—Entonces empezaremos por hoy. Tú decides quién entra, quién sabe lo ocurrido y cuándo volverás a aparecer ante la corte.

Elena apretó sus dedos.

—Primero quiero que Thomas me examine como corresponde.

El anciano levantó una ceja.

—Por fin una decisión sensata.

Elena soltó una risa breve, agotada.

Fue el primer sonido verdaderamente vivo que Thomas le escuchó desde que había abierto los ojos.

Durante los días siguientes se reconstruyó lo ocurrido sin convertir cada sospecha en certeza.

El hombre que había manipulado la bebida admitió haber añadido una sustancia que creía que dejaría al rey profundamente dormido durante varias horas; aseguró que había actuado por encargo de alguien que quería retrasar una decisión importante de Adrian, no matarlo.

Su versión tendría que ser comprobada, pero explicó por qué Elena había caído en un estado tan extremo y por qué quienes la examinaron pudieron equivocarse.

Víctor no había preparado la bebida.

Eso también quedó claro.

Su responsabilidad era distinta y, para Elena, igualmente imposible de ignorar: había visto una irregularidad, había provocado el cambio de copas, había callado cuando ella cayó y después había intentado controlar la información para proteger su propia posición.

No era el villano sencillo que todos habrían preferido encontrar.

Era un hombre que había tomado una serie de decisiones cobardes, cada una destinada a cubrir la anterior, hasta poner una vida en peligro.

Adrian lo apartó de sus funciones mientras se revisaban sus actos.

Elena pidió que nadie convirtiera su regreso en una ceremonia triunfal.

No quería música.

No quería discursos.

No quería ver a la misma corte que horas antes había pasado frente a su cuerpo obligada ahora a celebrar un milagro.

Su primera aparición fue mucho más sencilla.

Entró al salón principal caminando despacio, todavía débil, acompañada por su padre y por Thomas.

Las personas presentes se quedaron mirándola sin saber cómo reaccionar.

Elena tampoco les pidió una reacción.

Se acercó al estrado donde había estado tendida.

El vestido dorado ya no estaba allí.

Habían retirado las flores y las telas funerarias.

Durante unos segundos observó el lugar.

Después extendió la mano hacia Thomas.

El anciano creyó que necesitaba apoyo para caminar y se apresuró a ofrecérselo.

Pero Elena negó con la cabeza.

—No. Su mano.

Thomas la miró confundido.

Ella sonrió apenas.

—La misma que decidió comprobar una vez más.

El sanador se la dio.

Elena la sostuvo entre las suyas y luego hizo algo que ninguno de los presentes esperaba.

En lugar de subir al estrado, pasó de largo.

No quería ocupar otra vez el lugar donde todos habían decidido que su historia terminaba.

Caminó hacia las puertas abiertas del salón.

Su padre la siguió sin intentar adelantarse.

Thomas permaneció a su lado únicamente porque ella se lo había pedido.

Y la mano que horas antes había buscado un movimiento casi imposible ya no comprobaba si una princesa seguía viva.

Ahora era Elena quien la sostenía por voluntad propia mientras salía del salón donde habían preparado su entierro.

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