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El Mecánico Que Todos Despreciaban Era Dueño Del Negocio Que Los Sostenía-felicia

La familia Vance tardó apenas unos segundos en comprender que el hombre sentado frente a ellos no había llegado a pedir explicaciones.

Había llegado porque, durante años, ellos habían dependido de él sin saberlo.

Roger dejó de caminar por la sala de juntas y miró a Baldric como si intentara encontrar alguna grieta en aquella revelación.

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Bertha seguía abrazando su bolsa contra el pecho.

Derek fue el primero en hablar.

—Esto es una broma.

Baldric no respondió de inmediato.

Sobre la mesa había una carpeta delgada, cuatro vasos de agua y nada más.

Los detectives permanecían cerca de la puerta, mientras los abogados ocupaban un extremo de la mesa sin interrumpir.

Baldric había decidido algo antes de entrar: no iba a convertir la reunión en un espectáculo sobre su dinero.

El dinero no era la razón por la que estaban ahí.

Arianne sí.

—Durante seis años —dijo finalmente— me trataste como si mi valor pudiera medirse por la camioneta que manejo y la casa donde vivo.

Derek soltó una risa breve.

—¿Y ahora qué? ¿Quieres presumir que eres rico?

—No.

La respuesta fue tan corta que Derek se quedó esperando algo más.

Baldric inclinó ligeramente la cabeza.

—Quiero saber qué le hiciste a mi hija.

El gesto de Derek cambió.

Roger intervino enseguida.

—Tenemos abogados para estas cosas.

Uno de los hombres sentados junto a Baldric levantó la vista.

—Por eso estamos aquí.

Roger apretó la mandíbula.

Bertha señaló a los detectives.

—¿Y ellos qué hacen aquí?

Baldric no contestó por ellos.

Uno de los detectives habló con calma.

—Tenemos preguntas relacionadas con las lesiones de la señora Mercer Vance y con las circunstancias en las que fue encontrada.

Derek se puso de pie.

—Ella tomó pastillas por su cuenta.

—Siéntate —dijo Roger.

—¡Eso pasó! —insistió Derek—. Estaba alterada. Siempre se pone así. Yo traté de ayudarla.

Baldric sostuvo su mirada.

Había escuchado versiones parecidas durante años, aunque nunca tan claras.

Arianne era sensible.

Arianne exageraba.

Arianne se golpeaba sola.

Arianne confundía las cosas.

Cada explicación había servido para apartar la atención de la única pregunta importante: ¿por qué su hija vivía con miedo?

Esta vez Baldric no iba a aceptar otra explicación conveniente.

Uno de los abogados abrió la carpeta.

No sacó una montaña de documentos.

Solo una hoja.

—El hospital registró las condiciones en las que Arianne fue recibida —dijo—. Eso no determina por sí solo lo ocurrido antes de su llegada, pero sí documenta lesiones que deben ser explicadas.

Derek miró a Roger.

Luego a Bertha.

—No saben lo que pasó.

—Entonces explícalo —respondió Baldric.

Derek respiró hondo.

—Discutimos.

Era la primera admisión.

Pequeña.

Pero era una grieta.

—¿Por qué? —preguntó uno de los detectives.

—Cosas de pareja.

—¿Qué cosas?

Derek miró hacia la puerta.

—No tengo por qué responder aquí.

—No —dijo Baldric—. No tienes que responderme a mí.

Luego señaló discretamente a los detectives.

—Pero tendrás que decidir qué quieres responderles a ellos.

Bertha se inclinó hacia su hijo.

—No digas nada más.

Ese gesto reveló algo que Baldric necesitaba ver.

No sorpresa.

No indignación.

Control.

La misma clase de control que había visto en la entrada de la propiedad cuando Bertha insistió en que Arianne estaba dormida y que todo era un asunto privado.

Baldric se volvió hacia ella.

—Cuando llegué esa noche, dijiste que Derek le había dado algo para tranquilizarla.

Bertha se tensó.

—Estaba histérica.

—Derek acaba de decir que ella tomó las pastillas sola.

Roger volteó hacia su esposa.

Derek también.

Por primera vez, las versiones dentro de la familia Vance dejaron de coincidir.

Bertha abrió la boca.

La cerró.

Después intentó corregirse.

—Quise decir que él trató de calmarla. No sé exactamente qué tomó.

Derek golpeó la mesa con la palma.

—¡Mamá!

Uno de los detectives anotó algo.

Roger miró a su hijo con una mezcla de enojo y preocupación.

—Derek, ¿qué pasó antes de que Baldric llegara?

La pregunta ya no venía del enemigo.

Venía de su propio padre.

Y eso cambió la habitación.

Derek se sentó lentamente.

—Ella quería irse.

Baldric sintió que los músculos de su espalda se endurecían.

—¿Por qué?

—Porque estábamos peleando.

—Eso ya lo dijiste.

Derek lo miró con odio.

—Porque dijo que iba a llevarse a Gideon.

Baldric recordó al niño aferrado a su brazo dentro de la camioneta.

Recordó cómo temblaba.

No había querido contarle nada aquella noche.

Solo preguntaba por su mamá.

—¿Y tú qué hiciste? —preguntó Baldric.

Derek no respondió.

—¿Le impediste salir?

—No.

—¿Le quitaste el teléfono?

Derek tardó demasiado.

—No.

—¿La sujetaste por las muñecas?

—No.

—¿Por el cuello?

—¡No!

La fuerza de la respuesta hizo que Bertha cerrara los ojos por un instante.

Baldric lo vio.

También lo vio Roger.

Uno de los detectives preguntó:

—¿Por qué respondió con tanta fuerza a esa última pregunta?

Derek empujó la silla hacia atrás.

—Porque me están tratando como criminal.

—Nadie aquí te obligó a venir —dijo uno de los abogados.

Roger volteó hacia Baldric.

—¿Qué quieres de nosotros?

Por fin.

La verdadera pregunta.

Baldric apoyó ambos antebrazos sobre la mesa.

—Primero, que entiendan algo. Lo que ocurra con el negocio de los Vance y lo que ocurra con Arianne son dos asuntos distintos.

Roger soltó una carcajada incrédula.

—¿Distintos? Cancelaste contratos, congelaste almacenes y nos dejaste sin rutas de distribución.

—Cancelé acuerdos que mis empresas tenían derecho a terminar bajo las condiciones existentes.

—Para castigarnos.

Baldric negó con la cabeza.

—Para dejar de sostenerlos.

Roger se quedó callado.

La diferencia era pequeña en palabras, pero enorme en consecuencias.

Durante años, Baldric había observado cómo los Vance presumían un crecimiento empresarial que, en parte, dependía de condiciones comerciales extraordinariamente favorables.

No había intervenido porque Arianne le pedía una y otra vez que no se metiera en su matrimonio.

Había respetado demasiado esa petición.

Ahora no estaba dispuesto a subsidiar a la familia mientras Derek trataba de explicar por qué su hija había llegado a un hospital con marcas en las muñecas y moretones en el cuello.

—No voy a usar mis empresas para comprar silencio —continuó Baldric—. Tampoco para obligar a Arianne a hacer algo. Ella decidirá qué quiere declarar, qué quiere reclamar y qué relación quiere tener con ustedes cuando pueda hacerlo con seguridad.

Bertha levantó la barbilla.

—Arianne siempre vuelve con Derek.

Baldric la observó durante varios segundos.

—Eso también lo decidirá ella.

—Tienen un hijo.

—Precisamente.

Derek dio un paso hacia Baldric.

Los detectives se movieron apenas.

No necesitaron decir nada.

Derek se detuvo.

—No puedes quitarme a mi familia.

Baldric tampoco se levantó.

—Yo no te estoy quitando nada.

—Te la llevaste de mi casa.

—La encontré en el piso.

—¡Era mi esposa!

Baldric apretó los dedos contra la mesa.

Aquella frase le recordó por qué había guardado silencio durante tanto tiempo.

Había confundido respeto por la vida adulta de su hija con la obligación de mantenerse fuera de todo.

Como si casarse significara dejar de ser alguien a quien podían ayudar.

Como si decir “es su matrimonio” justificara mirar hacia otro lado.

—Tu esposa no es una propiedad —dijo.

Derek soltó el aire por la nariz.

—¿Y tú qué sabes? Ni siquiera conocías su vida.

Eso sí alcanzó a Baldric.

Porque tenía una parte de verdad.

No conocía todo.

Había visto señales.

Había hecho preguntas.

Y había permitido que las respuestas cómodas cerraran conversaciones que debieron seguir abiertas.

—Sé menos de lo que debí saber —admitió—. Y voy a cargar con eso.

Roger parecía desconcertado.

Tal vez esperaba amenazas.

Tal vez esperaba que Baldric usara su fortuna para aplastarlos y disfrutara el momento.

Pero Baldric no había construido su vida para ganar una escena.

Quería corregir algo mucho más difícil.

Quería darle a su hija una salida que no dependiera de él tomar todas las decisiones por ella.

Uno de los abogados deslizó otra hoja sobre la mesa.

—Las empresas relacionadas con el señor Mercer entregarán los bienes de los Vance que actualmente permanezcan en tránsito o almacenamiento conforme a los procedimientos aplicables —explicó—. No habrá retención indebida de mercancía. Pero los acuerdos comerciales que ya fueron terminados no serán restablecidos automáticamente.

Roger tomó la hoja.

La leyó dos veces.

—Entonces sí nos estás destruyendo.

—No —respondió Baldric—. Estoy dejando de protegerlos de las consecuencias de su propio negocio.

Roger levantó la vista.

Era evidente que aquella frase dolía más que una amenaza.

Porque durante años se había considerado completamente independiente.

Ahora estaba descubriendo cuánto de esa independencia había existido gracias a puertas abiertas por alguien a quien despreciaba.

Derek comenzó a caminar hacia la salida.

Uno de los detectives se apartó apenas para dejar claro que no estaba físicamente retenido.

Pero antes de llegar a la puerta, Derek se detuvo.

—Quiero ver a mi hijo.

Baldric respondió sin elevar la voz.

—Gideon está con su madre.

—Es mi hijo.

—Y cualquier contacto que corresponda se decidirá por las vías adecuadas y pensando primero en su seguridad.

—¡No puedes decidir eso!

—No lo estoy decidiendo yo.

Derek volteó hacia los detectives.

Luego hacia los abogados.

Y finalmente hacia su padre.

Roger no dijo nada.

Ese fue el segundo golpe real de la mañana.

Hasta entonces, Derek había contado con una certeza: sin importar qué ocurriera, su familia cerraría filas.

Pero Roger ya había comenzado a sospechar que proteger a su hijo podía significar hundirse con él.

—Papá —dijo Derek.

Roger bajó los ojos hacia la hoja.

—Necesito saber qué hiciste.

Derek se quedó inmóvil.

—Te estoy diciendo que ella perdió el control.

—No te pregunté qué hizo ella.

Derek apretó la mandíbula.

—Te pregunté qué hiciste tú.

Bertha se levantó.

—Roger, no hagas esto aquí.

—¿Entonces dónde?

—En casa.

Roger soltó una risa sin humor.

—Nuestra casa está rodeada de problemas que aparentemente nadie quiso mencionar hasta ahora.

Bertha lo miró como si acabara de traicionarla.

Baldric entendió entonces que la familia Vance también tenía su propio sistema de silencios.

No lo consoló.

Pero explicaba algo.

Las conductas de Derek no habían crecido en el vacío.

Habían encontrado espacio porque otros preferían minimizar, corregir versiones y mantener las apariencias.

El teléfono de Baldric vibró.

Miró la pantalla.

Era el hospital.

Se puso de pie de inmediato.

Derek también reaccionó.

—¿Qué pasó?

Baldric contestó.

Escuchó durante menos de un minuto.

Después cerró los ojos.

Arianne estaba despierta.

Y había pedido hablar con él.

Nada más importó en ese instante.

—Me voy —dijo Baldric.

Roger frunció el ceño.

—¿Así nada más?

Baldric tomó su chamarra del respaldo de la silla.

—Mi hija me necesita.

Derek avanzó.

—Voy contigo.

Baldric se giró.

—No.

—Tiene derecho a verme.

—Ella tiene derecho a decidir a quién quiere ver.

Derek abrió la boca para discutir.

Uno de los detectives se acercó entonces y le pidió quedarse unos minutos más para responder algunas preguntas.

Baldric salió sin mirar atrás.

En el elevador, el reflejo del traje gris en las puertas metálicas le resultó extraño.

Durante décadas había usado ropa de trabajo, botas gastadas y chamarras resistentes porque le gustaba recordar de dónde había salido todo.

Aquella mañana había elegido el traje porque sabía que los Vance solo entendían cierto tipo de poder cuando lo veían vestido como ellos esperaban.

Pero camino al hospital se quitó la corbata.

Cuando entró a la habitación de Arianne, volvió a sentirse como su padre.

Nada más.

Arianne tenía la voz débil.

Los moretones seguían visibles.

Gideon estaba sentado en una silla junto a la ventana coloreando en silencio.

Al ver a Baldric, el niño corrió hacia él.

Baldric lo abrazó y después se acercó a la cama.

Arianne lo observó durante un momento.

—¿Fuiste con ellos?

Él asintió.

—Sí.

—¿Qué hiciste?

Baldric jaló una silla.

—Terminé algunos acuerdos comerciales.

Arianne cerró los ojos.

—Papá…

—Escúchame primero.

Ella volvió a mirarlo.

—No hice nada en tu nombre. No presenté decisiones por ti. No prometí que denunciarías nada. No decidí qué pasará con Gideon. Esas cosas son tuyas.

Arianne tragó saliva.

—Pero arruinaste a los Vance.

—No sé si están arruinados.

—Derek va a decir que hiciste todo esto para vengarte.

—Probablemente.

—Y que yo te puse en su contra.

—También.

Arianne volteó hacia su hijo.

Gideon seguía coloreando.

Baldric esperó.

No quería llenar el silencio con instrucciones.

Después de tantos años de control, lo último que su hija necesitaba era que otro hombre llegara a decirle qué hacer con su vida.

—Papá —dijo ella—, aquella noche yo iba a irme.

Baldric sintió un nudo en el pecho.

—Lo imaginé.

—Tenía una mochila preparada para Gideon.

Baldric recordó que el niño había llegado al hospital con una pequeña mochila azul que una empleada de la casa entregó sin explicar nada.

Hasta entonces había pensado que contenía juguetes.

—¿Desde cuándo?

—Desde hacía once días.

Baldric no dijo nada.

—La escondí detrás de unas cajas en el cuarto de lavado —continuó Arianne—. Cada noche me decía que al día siguiente lo haría.

Su voz empezó a quebrarse.

—Y cada mañana encontraba una razón para no hacerlo.

Gideon levantó la vista, pero Arianne respiró hondo y recuperó el control.

—Esa noche Derek descubrió la mochila.

Baldric inclinó el cuerpo hacia ella.

—¿Eso inició la pelea?

Arianne asintió.

—Me preguntó a dónde pensaba ir. Le dije que contigo.

Baldric sintió algo difícil de nombrar.

Durante años había temido que revelar su dinero cambiara la forma en que otros se acercaban a su hija.

Sin embargo, cuando Arianne finalmente planeó escapar, no buscó su fortuna.

Buscó la pequeña casa del mecánico jubilado.

La casa con muebles usados.

El jardín pequeño.

La pickup vieja.

Lo había elegido porque allí se sentía segura.

—Me quitó las llaves —continuó Arianne—. Después el teléfono. Lo recuperé cuando salió del cuarto. Te marqué desde el baño.

Baldric recordó el golpe escuchado durante la llamada.

—¿Entró?

Ella asintió otra vez.

—No quiero hablar de todo hoy.

—No tienes que hacerlo.

—Pero sí quiero decir algo.

Baldric esperó.

Arianne miró a Gideon.

Después a su padre.

—No voy a volver.

No hubo música.

No hubo alivio perfecto.

Solo una frase pronunciada en voz baja por una mujer agotada.

Pero para Baldric fue la primera decisión completamente clara que le había escuchado sobre Derek en años.

—Está bien —respondió.

Arianne frunció el ceño.

—¿Eso es todo?

—¿Qué quieres que diga?

—No sé. Que tenías razón. Que me advertiste. Que fui una tonta.

Baldric negó con la cabeza.

—No necesitas que gane una discusión de hace seis años.

Los ojos de Arianne se llenaron de lágrimas.

—Necesito saber por qué no hiciste algo antes.

La pregunta cayó donde debía.

Baldric no intentó defenderse.

—Porque tuve miedo de perderte si presionaba demasiado.

Ella guardó silencio.

—Y porque me convencí de que respetar tus decisiones significaba quedarme fuera incluso cuando veía cosas que me preocupaban.

Baldric bajó la mirada hacia sus manos.

—Me equivoqué.

Arianne respiró lentamente.

—Yo también te alejé.

—No convierte mi silencio en correcto.

Por primera vez desde que había despertado, ella extendió la mano.

Baldric la tomó.

No resolvieron seis años en esa conversación.

Ni podían hacerlo.

Pero dejaron de fingir que los años podían borrarse con una sola disculpa.

Durante las semanas siguientes, Arianne habló con médicos, asesores y autoridades cuando estuvo preparada para hacerlo.

Baldric se mantuvo cerca, pero dejó que ella respondiera por sí misma.

Cuando alguien le preguntaba a él qué quería hacer contra Derek, repetía la misma frase:

—Pregúntenle a Arianne qué necesita.

Esa decisión sorprendió incluso a Arthur, su abogado de confianza.

—Podrías presionarlos mucho más —le dijo una tarde.

—Ya tienen suficientes hombres tratando de decidir por ella.

Arthur no volvió a insistir.

La situación empresarial de los Vance tampoco se arregló mágicamente.

Roger consiguió rutas alternativas, pero más caras.

Algunos clientes se fueron.

Otros exigieron condiciones nuevas.

La empresa sobrevivió, aunque reducida y sin los privilegios que había dado por permanentes.

Baldric no compró sus activos por centavos.

No se quedó con sus propiedades.

No convirtió la caída en un trofeo.

Simplemente se negó a reconstruir las ventajas que antes había concedido.

Roger terminó entendiendo la diferencia.

Meses después pidió reunirse con Baldric a solas.

Llegó sin Bertha.

Sin Derek.

Sin abogados.

Se encontraron en el pequeño taller donde Baldric todavía arreglaba motores de vez en cuando porque no sabía estar completamente jubilado.

Roger observó las herramientas colgadas en la pared.

—De verdad trabajas aquí.

Baldric siguió limpiando una pieza metálica.

—Nunca te mentí sobre ser mecánico.

Roger aceptó el golpe con un movimiento de cabeza.

—Solo omitiste algunas cosas.

—Muchas.

—¿Por qué?

Baldric dejó la pieza sobre la mesa.

—Porque quería saber quién trataba bien a mi hija cuando creía que yo no tenía nada que ofrecerle.

Roger miró hacia el piso.

—Y mi hijo falló esa prueba.

Baldric lo observó.

—Esto no fue una prueba para Derek. Yo no preparé nada. Él eligió cómo tratarla cada día.

Roger asintió lentamente.

Después sacó un pequeño llavero del bolsillo.

Era una copia de una llave de la propiedad Vance.

—Arianne me pidió que te la devolviera.

Baldric no la tomó de inmediato.

—¿Por qué te la dio a ti?

—Porque vino a recoger algunas cosas cuando Derek ya no estaba ahí. Yo estaba presente.

Roger extendió la mano.

—Me dijo que no quería conservar ninguna llave de esa casa.

Baldric tomó el llavero.

Meses atrás, una reja cerrada había significado que alguien intentaba mantenerlo fuera mientras su hija estaba herida dentro.

Ahora una llave regresaba a su mano porque Arianne había decidido que ya no necesitaba entrar.

Era distinto.

No era victoria.

Era cierre.

—¿Cómo está Derek? —preguntó Baldric.

Roger tardó en responder.

—Enfrentando las consecuencias de sus decisiones.

Baldric no pidió detalles.

—Bertha todavía cree que todo esto pudo resolverse en familia —añadió Roger.

—Se resolvió en familia durante demasiado tiempo.

Roger aceptó la frase.

Luego miró alrededor del taller.

—Yo también vi cosas.

Baldric levantó la vista.

—Y me dije que eran problemas de pareja.

Por primera vez, los dos hombres no estaban hablando como adversarios comerciales.

Eran dos padres admitiendo que habían usado la misma excusa para no mirar demasiado de cerca.

La diferencia era que ahora ninguno podía deshacer lo ocurrido.

Solo podían decidir qué hacer con lo aprendido.

Roger empezó a irse.

Antes de llegar a la puerta se detuvo.

—No espero que me perdones.

—No soy yo quien tendría que hacerlo.

Roger asintió.

—Lo sé.

Se marchó.

Baldric dejó la llave sobre la mesa de trabajo.

Esa noche Arianne y Gideon cenaron en su casa.

Nada elegante.

Nada que revelara la magnitud de la fortuna que Baldric había mantenido escondida tantos años.

Gideon dejó su mochila junto a la puerta y corrió al jardín para revisar unas plantas que había ayudado a sembrar.

Arianne observó a su padre mientras él servía la cena.

—Todavía no entiendo por qué nunca me dijiste cuánto dinero tenías.

Baldric se sentó frente a ella.

—Porque pensé que esconderlo te protegía.

—¿Y ahora?

Baldric consideró la pregunta.

—Ahora creo que algunas cosas que hacemos para proteger a alguien también pueden crear distancia.

Arianne jugueteó con el borde de la servilleta.

—Derek habría sido diferente si hubiera sabido.

—Probablemente.

—Tal vez nunca me habría tratado así.

Baldric negó con suavidad.

—Tal vez habría escondido mejor quién era.

Arianne permaneció pensativa.

—Eso es peor.

—Sí.

Ella levantó la vista.

—No quiero tu dinero.

Baldric sonrió apenas.

—Nunca pensé que lo quisieras.

—Quiero aprender a mantenerme sola.

—Entonces te ayudaré a hacerlo.

—Sin comprarme una casa.

—Sin comprarte una casa.

—Sin ponerme como directora de una empresa.

—Eso ni siquiera estaba en mis planes.

Arianne soltó una pequeña risa.

Era la primera que Baldric escuchaba de ella en mucho tiempo sin que pareciera una disculpa anticipada.

—Tal vez algún día quiera conocer esa parte de tu vida —dijo ella—. El negocio. Cómo lo construiste.

—Cuando quieras.

—Pero no hoy.

—Mejor. Mañana tengo que cambiarle una bomba de agua a una camioneta.

Arianne lo miró sorprendida.

—¿Sigues arreglando camionetas siendo dueño de todo eso?

Baldric se encogió de hombros.

—Las camionetas no saben cuánto dinero tienes. Si algo está roto, está roto.

Arianne volvió a reír.

Desde el jardín, Gideon gritó porque había encontrado un gusano enorme junto a una maceta.

Arianne se levantó para ir con él.

Antes de salir, vio un llavero sobre un estante cerca de la puerta.

—¿Esa es la llave de la casa de Derek?

Baldric asintió.

Arianne la observó unos segundos.

Después la tomó.

Baldric no preguntó qué pensaba hacer.

Ella tampoco explicó nada.

Caminó hasta el cajón donde Baldric guardaba tornillos, rondanas y pequeñas piezas que ya no servían, pero que todavía podían reciclarse como metal.

Abrió el cajón.

Dejó la llave adentro.

Luego lo cerró.

—Ya no abre nada que necesite —dijo.

Y salió al jardín con su hijo.

Baldric se quedó mirando el cajón.

Durante años había pensado que proteger a Arianne significaba asegurarse de que nadie pudiera acercarse a ella por interés.

Después creyó que protegerla significaba respetar sus decisiones incluso cuando le preocupaban.

La noche de aquella llamada descubrió algo más difícil.

Proteger a alguien no significa elegir por esa persona.

Tampoco significa fingir que no ves el peligro para evitar una discusión.

A veces significa llegar cuando te llaman.

Abrir una salida.

Quedarte cerca.

Y después devolverle a la persona la libertad de decidir qué puerta quiere volver a abrir.

Desde el jardín llegó otra vez la voz de Gideon.

—¡Abuelo, ven!

Baldric cerró el taller pequeño que tenía junto a la casa y salió.

Arianne estaba agachada junto al niño, con las mangas remangadas y tierra en las manos.

Había cansancio en su rostro.

Todavía había días difíciles.

Todavía había conversaciones pendientes.

Todavía habría consecuencias que ninguno de ellos podía controlar.

Pero la mochila de Gideon ya no estaba escondida detrás de cajas para una huida nocturna.

Estaba junto a la puerta de una casa donde podía dejarla sin miedo.

Y la llave que alguna vez representó una entrada bloqueada ya no estaba en el bolsillo de nadie.

Era solo un pedazo de metal dentro de un cajón.

Arianne levantó la mirada hacia su padre.

—¿Vienes o no?

Baldric sonrió.

—Ya voy.

Y esta vez, cuando caminó hacia ellos, no necesitó romper ninguna reja.

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