Posted in

La Mayor Que Nadie Esperaba Era La Única Piloto Capaz De Salvarlos-anhthutts

Garrison sostuvo la mirada de Hannah durante un segundo que pareció demasiado largo.

—¿Cuándo fue la última vez que volaste un A-10?

—Hace menos de un año.

Image

El oficial de enlace aéreo se incorporó de inmediato.

—Señor, ella no está asignada a esta unidad. No conocemos su condición operativa actual y esa tormenta está cerrando el corredor por minutos.

Hannah ni siquiera volteó hacia él.

Seguía mirando el mapa, especialmente el cauce seco donde cuatro hombres intentaban convertir unas piedras y un desnivel miserable en una posición defensiva.

—No preguntó si estoy asignada aquí —dijo—. Preguntó si hay un piloto de combate.

El radio volvió a llenarse de estática.

Después llegó la voz de Viper Two-Two.

—Nos están entrando por el este. Uno de los nuestros ya no puede caminar. Si van a mandar algo, mándenlo ahora.

Garrison apoyó ambas manos sobre la mesa.

La discusión terminó allí.

—Mayor Hayes, ¿puede poner ese avión en el aire?

Hannah observó por primera vez el reloj de pared que todos los demás llevaban media hora consultando.

—Sí.

—Entonces vaya.

No hubo aplausos ni discursos.

Hannah salió del centro de operaciones mientras detrás de ella comenzaban a moverse teléfonos, radios y personal que hasta ese momento sólo había podido escuchar cómo cuatro hombres se quedaban sin tiempo.

El calor de la pista le pegó en la cara como si hubiera abierto la puerta de un horno.

A lo lejos, el horizonte ya tenía el color opaco de la tormenta de arena que avanzaba desde el este.

El A-10 estaba donde le habían dicho, armado y listo, rodeado por personal de mantenimiento que parecía haber recibido la noticia apenas segundos antes.

Uno de los mecánicos se acercó corriendo.

—¿Usted va a volarlo?

—Eso parece.

El hombre miró sus insignias, luego su rostro, como intentando decidir si debía hacer otra pregunta.

No la hizo.

Hannah subió.

El interior de la cabina le resultó extrañamente familiar.

No porque hubiera olvidado cómo se sentía.

Precisamente porque no lo había olvidado.

Durante meses se había convencido de que alejarse de las operaciones de combate era una transición necesaria, quizá incluso bienvenida.

Había aprendido a no mirar hacia atrás cuando llegaban nuevas órdenes.

Pero en cuanto puso las manos donde tantas veces las había puesto antes, el cuerpo recordó cosas que la mente llevaba mucho tiempo intentando archivar.

La voz de Garrison apareció por radio.

—Hayes, Viper está aguantando, pero reportan movimiento por dos lados.

—Entendido.

—Y mayor…

Hannah esperó.

—No necesito que gane la guerra ahí abajo. Necesito que saque vivos a mis hombres.

Ella cerró los ojos apenas un instante.

—Esa también es mi intención.

El avión comenzó a moverse.

En el puesto de mando, setenta y dos personas que minutos antes habían permanecido inmóviles frente a una pregunta sin respuesta escucharon cómo el sonido del motor crecía desde la pista.

El oficial de enlace seguía incómodo.

—La visibilidad al este está empeorando —advirtió—. Si entra demasiado tarde, podría quedarse sin una salida limpia.

Garrison no apartó la vista del radio.

—Entonces esperemos que no entre tarde.

Hannah despegó.

El campamento quedó atrás mientras el terreno se abría frente a ella bajo una luz cada vez más sucia.

No necesitaba que nadie le explicara el problema.

Tenía hombres atrapados en un valle, una tormenta cerrándose y una ventana que podía desaparecer antes de que llegara el piloto que oficialmente debía estar sentado en aquella cabina.

Lo que todavía no sabía era cuánto había cambiado la situación desde el último reporte.

Lo descubrió pocos minutos después.

—Viper Two-Two, aquí apoyo aéreo. Confirme situación.

Durante dos segundos sólo escuchó disparos y respiración.

Después respondió una voz ronca.

—Qué gusto escucharla. Estamos en el cauce. Cuatro efectivos. Uno herido grave en la pierna, otro con metralla. Munición limitada. Tienen una ametralladora pesada al este y varios grupos bajando desde el norte.

Hannah miró el terreno.

—Necesito que permanezcan cubiertos. No se muevan hasta que se los diga.

—No pensábamos salir a pasear.

La frase llegó seca, pero Hannah alcanzó a escuchar lo que había detrás.

Cansancio.

Dolor.

Y miedo administrado a fuerza de entrenamiento.

Entonces vio el primer destello en la ladera.

No reaccionó por impulso.

Confirmó la posición de los hombres atrapados, ubicó la amenaza que los estaba fijando y realizó su primera entrada sobre el valle.

El efecto fue inmediato.

La presión sobre Viper disminuyó durante unos segundos.

No porque el enemigo hubiera desaparecido, sino porque de pronto también tenía que mirar hacia arriba.

—Eso les compró espacio —dijo Hannah—. Díganme qué ven.

—El grupo del norte se detuvo. El arma del este sigue activa.

Hannah giró.

En el centro de operaciones, Garrison recibió simultáneamente otra mala noticia.

La fuerza de reacción seguía sin poder cruzar el tramo donde el explosivo había inutilizado los vehículos delanteros.

El camino no estaba completamente bloqueado, pero avanzar por ahí mientras recibían fuego desde las alturas podía convertir un rescate en otro grupo atrapado.

—¿Tiempo para abrir paso? —preguntó.

La respuesta no le gustó.

—No sabemos.

Garrison apretó la mandíbula.

El plan original había sido que el apoyo aéreo mantuviera con vida al equipo hasta que llegaran refuerzos.

Ahora descubría que la segunda mitad de ese plan todavía no existía.

Hannah escuchó la actualización.

—¿Cuánto pueden aguantar? —preguntó.

Viper Two-Two tardó en contestar.

—Depende de cuánto tarde en acabarse esto.

No tuvo que explicar qué significaba esto.

Hannah realizó otra pasada.

Después otra.

Cada una obligaba a los hombres alrededor del cauce a romper su avance, cambiar de posición o abandonar durante algunos minutos el fuego que mantenía inmovilizados a los SEAL.

Pero el reloj seguía corriendo.

También la tormenta.

La línea del horizonte prácticamente había desaparecido al este.

—Hayes —dijo el enlace aéreo—, tiene que considerar su ventana de regreso.

Ella no respondió de inmediato.

Abajo, Viper intentaba mover al hombre que no podía caminar.

La maniobra duró pocos metros antes de que nuevos disparos los obligaran a cubrirse otra vez.

Hannah entendió entonces que el problema ya no era simplemente destruir una posición peligrosa.

Los cuatro hombres podían seguir vivos y aun así no tener forma de salir del valle.

—Garrison, necesito saber qué está haciendo la fuerza de reacción.

—Buscando otra entrada.

—Eso no es una respuesta.

Hubo una pausa breve.

—La ruta principal sigue bajo fuego. Están intentando avanzar por un acceso secundario hasta donde el terreno lo permita.

Hannah miró hacia el norte.

El grupo que había retrocedido durante su primera aparición comenzaba a reagruparse.

Y detrás de ellos aparecieron varios vehículos.

Por un momento creyó que estaba viendo refuerzos enemigos.

—Tengo movimiento nuevo al norte.

El centro de operaciones quedó en silencio operativo mientras verificaban la información que podían verificar.

La respuesta de Garrison llegó rápido.

—No son nuestros.

Eso cambió todo.

Hasta entonces Hannah había estado comprando minutos.

Ahora tenía que evitar que esos minutos se convirtieran en una trampa.

—Viper, escúcheme con cuidado. ¿Puede mover a sus hombres si reduzco la presión del norte?

—Al herido tendríamos que cargarlo.

—No pregunté si sería fácil.

Del otro lado hubo una respiración larga.

—Sí. Podemos movernos.

Hannah tomó una decisión.

En lugar de intentar mantenerlos indefinidamente en el mismo agujero, utilizaría el espacio que pudiera generar para obligarlos a desplazarse hacia una zona donde la fuerza de reacción tuviera alguna posibilidad de alcanzarlos.

Garrison entendió lo mismo casi al mismo tiempo.

—Hay un punto al oeste del cauce donde el terreno les da más cobertura —dijo—. Si llegan ahí, la fuerza de reacción puede acercarse sin exponerse de la misma manera.

—¿Distancia?

Garrison se la dio.

No era enorme.

Para un hombre sano, quizá habría parecido manejable.

Para cuatro personas bajo fuego, cargando a un compañero y con munición casi agotada, era otra cosa.

Hannah habló con Viper.

—Cuando les diga, se mueven. No se detengan por lo que escuchen arriba.

—Copiado.

La siguiente pasada fue diferente.

No buscaba solamente silenciar una amenaza.

Buscaba abrir un camino de segundos.

—Ahora.

Los cuatro SEAL salieron del cauce.

Uno avanzaba apoyándose como podía.

Dos cargaban al hombre con la pierna destrozada por metralla.

El cuarto cubría el movimiento mientras retrocedía.

Desde el puesto de mando nadie podía verlos directamente, pero todos escuchaban las transmisiones cortas.

—Treinta metros.

Luego disparos.

—Sigan.

Más estática.

—Tenemos movimiento a la derecha.

Hannah volvió a entrar.

La presión disminuyó.

—Sigan.

El hombre herido gritó algo que no llegó completo por radio.

Los otros no se detuvieron.

Cuando alcanzaron la primera depresión del terreno, Viper Two-Two informó que todavía estaban juntos.

En el puesto de mando alguien soltó el aire que llevaba demasiado tiempo conteniendo.

Garrison no celebró.

—¿Cuánto les falta?

—Más de la mitad.

Y entonces llegó la tormenta.

No como una pared perfecta, sino como una pérdida progresiva del mundo.

Las referencias del terreno comenzaron a borrarse.

Hannah tuvo que alejarse momentáneamente del valle.

—Hayes, regrese —ordenó el enlace—. Ya hizo más de lo que esperábamos.

Ella escuchó la frase sin molestarse.

El hombre estaba haciendo su trabajo.

El problema era que los hombres de Viper seguían haciendo el suyo abajo.

—Viper, estado.

La respuesta llegó con respiraciones agitadas.

—Nos movimos otros cien metros. El del norte volvió a acercarse. Nos quedan muy pocos cargadores.

Hannah observó el combustible, el terreno y la tormenta.

Tenía tres límites distintos y ninguno estaba dispuesto a negociar.

Por primera vez desde que se había ofrecido a volar, sintió la tentación de pensar en la decisión como algo ya cumplido.

Había despegado.

Había llegado.

Había evitado que los rebasaran en los primeros minutos.

Nadie razonable podría acusarla de no haber hecho suficiente.

Pero aquella no era la pregunta que importaba.

La pregunta era si los cuatro hombres podían llegar al punto de extracción.

—Garrison, necesito que la fuerza de reacción avance en cuanto Viper cruce la siguiente elevación.

—Ya se están moviendo.

—¿Seguro?

Esta vez la voz de Garrison fue firme.

—Seguro.

La noticia cambió el cálculo.

Hannah no tenía que sostener el valle para siempre.

Sólo tenía que conectar dos grupos que hasta ese momento estaban separados por fuego, terreno y tiempo.

Volvió.

El enemigo había entendido lo mismo.

Los hombres del norte ya no intentaban simplemente rodear a Viper.

Intentaban cortar su desplazamiento hacia el oeste.

Aquello fue lo que Hannah había temido.

También fue lo que le permitió comprender dónde estaba el esfuerzo principal.

—Viper, no sigan recto. Mantengan la cobertura y esperen mi señal.

—Estamos casi secos de munición.

—Lo sé.

Hannah realizó otra entrada.

Los hombres que estaban cerrando el paso tuvieron que dispersarse.

—Muévanse.

Viper avanzó.

Esta vez recorrieron más distancia.

Uno cayó.

Hannah sintió que el estómago se le cerraba.

—Reporte.

—Estoy bien —respondió otra voz—. Me tropecé. Seguimos.

Hannah soltó el aire.

No tenía espacio mental para permitirse alivio, pero su cuerpo lo hizo por ella.

Minutos después llegó otra voz por radio.

No era Viper.

Era la fuerza de reacción.

Estaban lo bastante cerca para establecer contacto.

Garrison se levantó de golpe frente a la mesa.

—Viper, ¿los escuchan?

—Los escuchamos.

—Continúen hacia ellos.

El rescate todavía no estaba completo, pero por primera vez desde la emboscada los hombres atrapados ya no estaban solos.

El enemigo también lo supo.

La presión aumentó otra vez sobre el corredor improvisado entre ambos grupos.

Hannah realizó una última pasada sobre la amenaza más cercana.

Después escuchó la advertencia que ya esperaba.

—Hayes, tiene que salir ahora.

La tormenta estaba cerrando su ruta de regreso.

Miró una vez más hacia la zona donde Viper desaparecía entre polvo y terreno irregular.

—Confirmen contacto físico.

Nadie respondió durante varios segundos.

—Viper, confirme.

Estática.

Hannah tuvo que girar para no perder su margen de salida.

Entonces llegó la voz.

—Contacto. Estamos con ellos.

No sonrió.

Todavía no.

—¿Los cuatro?

Otra pausa.

—Los cuatro.

En el centro de operaciones, Garrison cerró los ojos.

Alrededor de él hubo movimiento, manos sobre hombros y respiraciones que por fin dejaban de sonar contenidas.

Pero la operación seguía abierta.

La fuerza de reacción tenía que sacar a los heridos del área y Hannah todavía tenía que regresar.

Ella puso rumbo a la base mientras la visibilidad seguía deteriorándose.

El vuelo de vuelta fue menos dramático por radio y mucho más incómodo dentro de la cabina.

La adrenalina comenzó a retirarse lo suficiente para dejar entrar todo lo demás.

Recordó al capitán Miller en cirugía.

Recordó que ella ni siquiera debía estar en aquella base.

Recordó el transporte averiado que tres días antes le había parecido una molestia absurda en medio de su viaje hacia una nueva asignación.

Una falla mecánica menor había alterado su ruta.

Esa desviación la había dejado sentada detrás de unas cajas de raciones con un café frío cuando un comandante preguntó si había un piloto de combate en el cuarto.

Si cualquier pieza hubiera ocurrido de manera distinta, el A-10 habría permanecido estacionado mientras cuatro hombres esperaban dos horas que no tenían.

Pero Hannah no quiso convertir aquello en destino.

El destino era demasiado cómodo.

Lo único que ella había controlado era levantarse de la silla.

La pista apareció entre la suciedad del aire más tarde de lo que le habría gustado.

Aterrizó sin ceremonia.

Cuando el avión se detuvo, varios miembros del personal de tierra se acercaron.

Hannah bajó y lo primero que preguntó fue:

—¿Viper?

El mecánico que la había recibido antes levantó el pulgar.

—Vienen en camino. Los cuatro.

Ahora sí cerró los ojos.

Sólo un instante.

Después caminó de regreso al centro de operaciones.

Garrison seguía allí.

Su uniforme estaba empapado de sudor y la mesa continuaba cubierta por los mismos mapas, fotografías y marcas que habían estado presentes cuando todo parecía imposible.

Pero varias anotaciones habían cambiado.

La posición de Viper ya no estaba encerrada en el valle.

Ahora una línea terminaba en el punto donde la fuerza de reacción había logrado alcanzarlos.

Garrison se acercó.

—Mayor.

Hannah esperó.

—El hombre con la lesión en la pierna está estable. Los otros tres también salieron. Miller sigue en cirugía, pero nos dicen que está respondiendo.

Hannah asintió.

Eso era suficiente.

Garrison miró hacia la pared del fondo.

La silla de Hannah seguía fuera de lugar desde el momento en que se había levantado.

Sobre la caja de madera estaba todavía el vaso de café frío.

Nadie lo había tocado.

—Ochocientas horas —dijo Garrison—. Pudo haber mencionado eso un poco antes.

Hannah miró el vaso.

—Usted preguntó dos veces.

Por primera vez en muchas horas, Garrison soltó una risa breve.

No hubo festejo.

Todavía tenían heridos que recibir, informes que completar y una tormenta que había reducido la base a una nube de polvo.

Cuando finalmente llevaron al equipo de Viper de regreso, Hannah no se acercó esperando agradecimientos.

Se quedó a un lado mientras los médicos atendían primero al hombre que no podía caminar.

Otro de los SEAL, con el uniforme cubierto de tierra y una venda improvisada en un brazo, la reconoció por la voz antes de que alguien se la presentara.

Se detuvo frente a ella.

—¿Usted era la del avión?

—Sí.

El hombre asintió lentamente.

Parecía buscar algo importante que decir.

Al final eligió algo mucho más simple.

—Escucharla llegar cambió las cosas.

Hannah entendió exactamente lo que quería decir.

No estaba hablando del ruido del avión.

Estaba hablando del momento en que cuatro personas convencidas de que estaban solas descubrieron que alguien había respondido.

—Ustedes siguieron moviéndose —contestó ella—. Eso fue lo que los sacó.

El SEAL miró hacia donde atendían a su compañero.

—Porque nos dio espacio para hacerlo.

No discutieron más.

Horas después, cuando la tormenta ya cubría casi todo el exterior y la base había vuelto a una rutina tensa pero reconocible, Hannah regresó al lugar donde había estado sentada aquella mañana.

El vaso seguía sobre la caja.

Lo tomó.

El café estaba completamente imbebible.

Lo tiró.

Luego sirvió otro.

Esta vez estaba caliente.

Se sentó en la misma silla, mientras detrás de ella los radios continuaban trabajando y sobre la mesa principal alguien retiraba por fin la marca que señalaba a Viper como un equipo aislado.

Tres días antes, Hannah había llegado a aquella base por accidente.

Esa mañana había pensado que su vida de combate ya estaba quedando atrás.

Nada de eso había cambiado por completo.

Sus nuevas órdenes seguían esperando y ella todavía se marcharía cuando el transporte pudiera sacarla de allí.

Pero cuando sostuvo el nuevo café entre las manos, ya no miró la silla como el lugar donde había estado esperando para irse.

Era el lugar del que se había levantado cuando alguien necesitó saber si había un piloto de combate en la habitación.

Leave a Reply

Your email address will not be published. Required fields are marked *